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28 de diciembre de 2012

PATER GAGO


 Tras algunos años de enfermedad, ha colmado su gozo interior de verse las caras con Aquél al que tanto rezó

SE precipitaba sobre nosotros la década de los ochenta, con tanta excitación que dejaba en pañales las ínfulas de los setenta o las ensoñaciones de los sesenta. La radio española se aprestaba a una reorganización tecnológica y humana muy notable, víctima de la cual iban a desaparecer voces históricas e iban a nacer formatos que aún perduran. En la cúspide de las entonces llamadas emisoras de Radio Popular estaba José Luis Gago, fraile dominico, sacerdote, y hombre de probada sabiduría, prudencia y afabilidad. Lo que aún no era la COPE estaba constituida por emisoras sueltas dependientes de diversos obispados que no trabajaban el valor conjunto de una cadena y que respondían a los intereses locales, no siempre coincidentes más allá del elemental mensaje cristiano, que cada gestor territorial aplicaba según su conocimiento y voluntad. Era, por decirlo en pocas palabras, la suma de pequeñas buenas intenciones que se contentaban con pequeños resultados y no con victorias en batallas nacionales que parecían destinadas a otros operadores. Gago, entonces jefe de aquellas emisoras, entendió los desafíos de la década y abrazó, como caída del cielo, la llegada de uno de los hombres más sugestivos, trabajadores y arriesgados de la radio barcelonesa de entonces: José María Ballvé. 

El gran e inolvidable Ballvé tenía lo que le faltaba a aquella suma de emisoras españolas: Barcelona. Por un aquél de los caprichos personales de la época, Radio Popular no tenía estación en la Ciudad Condal ya que el obispo de entonces desestimó una licencia de radio en Onda Media. Ballvé le dijo a Gago: «Tengo la cuenta que te falta para que el Rosario sea completo: Radio Miramar». Y se unieron. Contrataron al monumental Luis del Olmo y echaron andar. En ese momento nació, de alguna manera, lo que hoy conocemos por COPE. Gago fue el primero en comprender que faltaba una gestión agresiva e innovadora que situara la cadena en las batallas de su tiempo y entendió que se contratara como gran ejecutivo a Eugenio Galdón, hombre que consiguió meter la empresa en el siglo XXI -como después hiciera con la SER- con algunos años de adelanto. Ese fue el momento en el que consideró que su trabajo estaba sobradamente realizado y escenificó un elegante paso atrás para dedicarse a lo que en realidad le pellizcaba el alma: transmitir el mensaje de Cristo, sin alharacas, sin vocinglerío, sin exageraciones, sin atisbo de ira alguna, con bondad sonriente, con amabilidad y con notable altura intelectual y teologal. Otros nombres de aquellas emisoras siguieron con la labor: José Andrés Hernández, Andrés Barriales, Francisco Ontiveros, Bernardo Herráez, Eduardo Vergara y tantos otros unieron sus fuerzas a los que se incorporaban con la nueva gestión y constituyeron una gran cadena de emisoras que ahí está y de la que no es necesario dar más datos. 

A José Luis le quedó algún protagonismo menor en la Cadena y uno mucho mayor en la vida sacerdotal: casar a todos los amigos que se lo pedíamos. Recuerdo como en mi boda utilizó de línea argumental para su homilía una copla de Rafael de León, con música del Maestro Quiroga, titulada «Te He de Querer Mientras Viva», ya que por entonces yo realizaba un programa dedicado a la canción española y su circunstancia. Fue original hasta en eso. Con los años, se retiró a su congregación en Salamanca, donde peregrinábamos los que de vez en cuando necesitábamos oír su voz y su consejo, siempre comprometido, siempre dispuesto. Si alguna vez hubiera necesitado describir la bondad de Dios, el mejor ejemplo habría sido su palabra. Tras algunos años arrastrando una irreversible enfermedad, ha colmado su gozo interior de verse las caras con Aquél al que tanto rezó sin haber tenido que descuidar sus labores mundanas, que muchas fueron y pulcramente realizadas. Hoy, desolados, somos muchos los que rezamos por ti, Pater Gago.

 


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