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21 de diciembre de 2012

Trágatela otra vez, Mas


¿Será capaz por sí solo el sortilegio del referéndum de mantener unidos a sujetos tan distintos? 

ES cierto que la frase a la que remite esta adaptación apócrifa no figura en el guión original de Casablanca, pero de tanto haber sido manoseada por alguna que otra generación ha acabado por ser referencia inevitable de estos y aquellos. Mas, Artur, a quien le ordena ERC que asuma su programa en forma de trágala, se la ha tragado entera y, a estas horas y en el caso de que le quede una brizna de sensatez deductiva en su intelecto, estará pensando en el pésimo negocio que planeó aquella tarde en la que se asomó a la calle y vio a miles de manifestantes reclamar la independencia. 

Cuando observó a las masas llenas de fervor y en cantidad suficiente como para colapsar dos o tres travesías del Paseo de Gracia, Artur se preguntó seriamente por qué no se colocaba a la cabeza de todos de manera que pareciera que todos le seguían. Y, consecuentemente, convocó elecciones confiando en que todos aquellos que allí abajo vociferaban por la separación de España le votarían con el objeto de convertirlo en su Conducator. De salir bien -y nada indicaba que no pudiera salir bien-, pasados treinta o cuarenta años los niños catalanes estudiarían su nombre como los venezolanos estudian el de Bolívar. 

Algo falló. No le votaron. Incluso perdió peso representativo. Cualquiera con unas décimas de dignidad habría apelotonado sus cosas en una caja de cartón y, consecuentemente, habría dejado paso al siguiente. El no. Escapó hacia adelante y se aprestó a que el oso le abrazara. El resultado está a la vista: hoy Cataluña es mucho más inestable, más difícilmente gobernable y su gobierno debe tragarse las imposiciones de quienes le dejaron las cuentas públicas en la ruina. El paro es el mismo, la deuda la misma, las necesidades de financiación las mismas -o las tres cosas algo más- y la capacidad de maniobra para gobernar mucho menor. Un partido al que vota la derecha burguesa catalana, que es amplia, tiene que verse subiendo los impuestos a las bebidas azucaradas por la mala cabeza de su líder. Y por si no fuera poco con hacer a la Coca-Cola culpable de no sé qué, tiene que gravar las herencias, las transmisiones, los patrimonios, los supermercados y pellizcar los depósitos bancarios, es decir, invitar a algunos dubitativos a hacerse un Depardieu. Quin negoci, nen. 

Artur Más va a ser, formalmente, presidente del gobierno de la Generalitat, pero cada uno de sus pasos será fiscalizado por una organización no afín; por otros que lo que quieren no es esencialmente colaborar en salir del atolladero sino quedarse con la llave de palacio; por otros que le van a obligar a hacer cosas que asustan a su electorado; por otros, en suma, que van a sembrar una no desdeñable cizaña entre él y ese colgante tan formal que rodea su cuello llamado Unió. Por sí fuera poco, el mismo Estado opresor del que hay que separarse es al que hay que acudir para pagar las nóminas y el consiguiente pan nuestro de cada día, al que hay que pedir liquidez para sufragar servicios mínimos y, a la vez, al que hay que escenificarle algún desplante con el fin de alimentar a unas bases necesitadas de carga teatral, de simbolismos de opereta. 

Demasiado para una sola garganta. ¿Cuánto tiempo soportará una situación que se anuncia deplorable desde cualquier ángulo de visión? ¿Será capaz por sí solo el sortilegio del referéndum de mantener unidos a sujetos tan distintos? ¿Qué ocurrirá cuando todos los organismos que prevén crear -propios de un Estado soberano- no puedan dotarse de carga de trabajo por la sencilla razón de que el Estado no se lo va a permitir? ¿Quien será el último en tragarse los sorbos del óxido herrumbroso de la decadencia final?

 


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