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9 de noviembre de 2012

El Santo Negro


 

Deseemos una segunda presidencia a Obama más fructífera que la primera y propia de un tipo sólido y bien acompañado

 

SIEMPRE me intrigó, siendo un chiquillo, la historia de aquel héroe benefactor que gozaba de estatua en la plaza central del pueblo, la del Ayuntamiento, con el conjunto de exclamaciones más laudatorias jamás conocidas en su peana, y con una pátina oscura que, más que producto del óxido, era consecuencia del barniz negro que se le dio a principios del siglo XX para protegerlo de las inclemencias. Todo en honor de un hombre a quien habían olvidado titular con su nombre en primer relieve y que no era otro que José María Muñoz y Bajo de Mengíbar, cacereño de origen, acaudalado y filántropo, que, tras unas severas inundaciones al final del XIX, costeó y encauzó las ayudas mediante las cuales salieron adelante no pocos municipios de Murcia, Alicante y Almería, como el Cuevas del Almanzora al que me refiero. No ha muchos años, el alcalde Jesús Caicedo encargó un aclarado y puesta a punto de la estatua de don José María, el cual dejó de ser oscuro, y se mostró como el blanco de siempre, aunque para los restos quede ya -para todas las generaciones contemplables- como tal, como «El Santo Negro».

 

Pues el bueno del indiano extremeño ha visto ya perder su título por segunda vez. La primera fue aquella en la que la Iglesia elevó a los altares a Martín de Porres, devotamente conocido como Fray Escoba, al que el cine consagró popularmente como uno de los tipos más buenos de la historia, y esta segunda en la que la humanidad entera, nada menos, ha decidido que un instruido y ejemplar ciudadano nacido en Hawai, dotado de un incomparable don de gentes y de una sólida formación jurídica y política, sea calificado como tal después de revalidar la presidencia de los Estados Unidos, un oficio de tan difícil acceso como el de Papa o el de Faraón Sevillano del Toreo (no olvidemos que,mientras Curro ha ostentado ese cetro, se han sucedido cuatro Pontífices, cuatro).

 

Barack Hussein Obama -efectivamente, Barack, ¿quien te eligió ese segundo nombre?-, entra ya en los altares de la política mundial acompañado de un aura de santidad -por la que suspiran todos los gestores públicos del mundo conocido- y de un margen de movimiento absolutamente envidiable. Cuando se consagró como primer presidente negro de la historia de EE.UU, el mundo entero proyectó en él la imagen de un Mesías moreno capaz de hacer de nuestro planeta, con su sola buena intención, un jardín de la armonía. Desgraciadamente no fue así, y, aunque no pocos aciertos han jalonado su mandato, se ha demostrado que es mortal y que no puede poner su mano sanadora sobre los problemas del mundo y, milagrosamente, solucionarlos. No obstante, los norteamericanos han vuelto a confiarle el pastoreo para salir del laberinto en el que andamos todos metidos, y los que no son norteamericanos siguen creyendo que un gesto socialdemócrata o liberal -en el sentido estadounidense del término- bastará para sanarnos. Ayer, el enternecedor titular de «El País» nos daba una idea de lo cursis que se ponen los progres cuando ven encaramarse al éxito a uno de sus santos civiles: «Estados Unidos Vuelve a Soñar». Vuelvo a decir lo que escribí en Tercera de ABC al poco de las elecciones de hace cuatro años en aquel grandioso país: ojalá BHO demuestre ser tan gran estadista como gran político. Un desliz, por ejemplo, ante el «Fiscal Cliff», el Precipicio Fiscal que atenaza el futuro inmediato de USA y de medio mundo, puede costarnos a todos un largo disgusto de recesión. Por la cuenta que nos trae, deseemos una segunda presidencia a Obama más fructífera que la primera y propia de un tipo indudablemente sólido y bien acompañado. Y negro ungido de santidad, como la estatua de mi pueblo.

 


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