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29 de junio de 2012

EL DESFILADERO DE PANCORBO


Es una puerta por la que han entrado todos o casi todos los que han llegado a esas tierras con las más di versas intenciones

VENGO de larga caminata. Aplanando senderos de varias Españas. Desde muy arriba, cruzando túneles y llanadas, se inicia una senda que va a Santiago y que no sólo no es frecuentada, sino que resulta atractivamente solitaria: la Vía de Bayona lleva hasta la siempre elegante y educada Vitoria para dividirse en dos ramales, uno que transita por Haro hasta volcarse en Santo Domingo de La Calzada y otro que se hace tempranamente castellano por Miranda, Pancorbo y Briviesca. Desde Armiñón, diciendo adiós a tierras alavesas, hasta Pancorbo, uno camina apenas una treintena de kilómetros y degusta el trago lento y denso del espirituoso castellano. No he nacido en Castilla, ni he vivido en ella, ni tengo antecedentes familiares que me liguen a ninguna de sus comarcas, pero vengo manteniendo durante años mi turbación inevitable por sus pueblos, campos, gente y episodios y pasajes. Es, para quien esto escribe, una suerte de patria moral, un enamoramiento de sus peripecias históricas, interés por cada detalle de su devenir. Quizá por la convicción, tal vez errónea por incompleta, de que Castilla germinó la patria mía y brindó su brazo y su lengua por armar esto que hoy está a punto de irse al garete. Claro que antes los astures o los leoneses -León, capital del Reino Cristiano- habían dejado impronta en la Historia, pero Castilla surge como hija vigorosa que moviliza el embrión de país hasta la victoria final. Y me gusta caminar por Castilla, por los bordes precisos de la meseta o por la majestuosa soledad de Tierra de Campos, a causa de la soberana trascendencia de la tierra que piso. Es esa cosa del magma que algunos han querido explicar con palabras precisas y que tan difícil resulta.

El desfiladero de Pancorbo es una buena forma de pasar a Castilla: es una puerta por la que han entrado todos o casi todos los que han llegado a esas tierras con las más diversas intenciones. Hoy es Camino de Santiago. Por ese desfiladero pasamos los caminantes, el tren y los coches, y también el río Oroncillo camino del encuentro con el Ebro, y rapaces, y corzos, y la Via Aquitania de cuando llegaron los romanos y los restos de la Calzada por la que luego entraron los moros y mas tarde los franceses. Y así. Llegas a Pancorbo después de sortear coníferas y brotes sueltos de hayas y robles y sientes que el tiempo se quedó a dormitar en la estructura de una población que te devuelve a otros años que no puedes recordar. Y después, paso a paso, te encaminas a Briviesca, de donde saltarás al monasterio de Rodilla y después al mismo Burgos, en el que uno siempre cree que se va a encontrar al Cid agazapado tras cualquier rincón del presbiterio de su catedral. Las caminatas son para el verano, y este paseo que desemboca -tras no pocos meandros- en el prodigioso y deslumbrante Santiago de Compostela, deja escrito en el suelo el ansia de caminar y de conocer de gentes de mil leches. Sin saberlo, muchos de ellos recorren la primera construcción del sueño europeo, la primera vez que el continente hizo algo a la vez. Ese mismo continente que estos días debate -de forma incomprensiblemente indecisa- su continuidad como experimento político y social, es el que se ve incapaz de mostrar la misma decisión silenciosa y permanente de sus caminantes, de aquellos que cociendo pasiones internas o simples e intrascendentes pensamientos de sendero, agotan sus fuerzas para llegar hasta el Apóstol y coronar unos días de calor y caminata con un abrazo simbólico y emocionado. Pocos de ellos, como les digo, cruzan el desfiladero de Pancorbo. Yo sí lo he hecho y siento por aquí dentro una inexplicable satisfacción.


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