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27 de abril de 2012

¿Ha acabado una forma de entender el Estado?



HA llegado el tiempo del rigor. Del rigor para todos, para el poderoso ministro de la cosa y para el sencillo concejal de pueblo. Ha llegado el tiempo de suprimir ese parque temático de la autarquía indiscutible, ese que hacía posible que cada administración fuera un compartimento estanco sin posibilidad alguna de intervención. El debate de estos días en el Congreso ha venido a dejar un mensaje claro: en materia económica y presupuestaria ya nada será como fue, y las partes del Estado dejaran de comportarse como un todo y deberán asumir que son eso, parte, una parte del todo y que el todo es lo que importa. Que España es el proyecto. Que es hora de conducir con las luces largas, en expresión del ministro Montoro. Que esa forma de entender el Estado mediante la cual se trabajaba en direcciones contrapuestas ha fenecido. Sin más. El Gobierno central, el presente o el que venga, tendrá instrumentos prácticos para intervenir allá donde no se cumplan las cifras. De momento planta cara a las Comunidades Autónomas exigiendoles que hagan su trabajo; trabajo que, a su vez, les ha marcado el propio gobierno. A continuación, habida cuenta de que la economía va a ser más trascendental que la política, la mayoría absoluta de los populares les va a permitir no tener que moverse al compás de las exigencias de los partidos nacionalistas, aunque ello le cree un problema de desagradables invectivas. Pero eso exige una valentía hasta ahora inédita en la política española: cierto que nunca se habían dado circunstancias como las presentes y que hasta ahora España no era sujeto de control por parte de órganos supranacionales, pero no es óbice para reconocer que a fuerza ahorcan y que si no hay más remedio se hace cierto aquello que dice que más vale una vez colorado que ciento amarillo. Inmediatamente se posa la mirada en el conflicto inevitable con el Gobierno catalán y la ruptura de CiU y PP, pero lo segundo no deja de ser un problema entre entidades y lo primero debe estarsujeto al viejo condicionante de la fuerza mayor. El Gobierno catalán ha demostrado valentía para combatir el déficit que le ha dejado aquella colección de inútiles llamada Tripartito (que, por cierto, eligieron los mismos catalanes, no se lo impusieron «los tanques»), aunque deberá saber que de donde no hay no se puede sacar y que el Gobierno central rinde cuentas de España en conjunto, no parte a parte. De las partes en Bruselas no quieren tener otra certeza que la de que se comportan debidamente. A buen seguro no hay necesidad de exacerbar agravios, ni de hacerse el chulo ni el prepotente al que no se le puede ni toser, pero tampoco resignarse a tener que tragar con todas las reclamaciones, sean justas o despiporrantes. Ese nuevo ciclo que puede cambiar muchas de las cosas que conocemos y de las practicas a las que estamos acostumbrados, como insisto en recordar, dura lo que dura una mayoría absoluta y, por supuesto, tiene tendencia a irla limando poco a poco. Es un sacrificio al que se debe resignar quien la maneja, por mucho que piense que los ciudadanos premien algún día su firmeza: conociendo al votante español, ese escenario no suele darse.


No quisiera colaborar a propagar la imagen distorsionada de las CCAA según la cual tienen la culpa de todo, pero sí aplaudir el hecho de que de ahora en adelante cada uno debe responder de la tarea severa que se le ha impuesto, le guste o no. Es un importante cambio en la España reciente.

 


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