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20 de abril de 2012

Que cunda el ejemplo



EN un país en el que nadie pide perdón,va el Rey, el único que es inviolable e inescrutable, y pide perdón por haberse ido invitado cuatro días de vacaciones a cazar a un país lejano. No acabo de tener claro si la falta cometida es cazar elefantes, aceptar viajes de gañote, marcharse en una semana delicada, no decírselo a Rajoy o todos a la vez, pero sí me apercibo de la excitada sensibilidad de la sociedad española que considera pasajes como el narrado como una especie de traición histórica, como una suerte de ofensa intolerable. En una sociedad rabiosamente tendente al linchamiento parecía inevitable que el Rey hubiese tenido la bondad de escenificar un arrepentimiento ampliamente solicitado por medios de comunicación y "al parecer" la opinión pública. Allá que salió de su habitación, pronunció las palabras mágicas y, como un resorte, reaccionó todo objetor y le fue concedido el perdón. Paró la máquina de picar carne y un indisimulado rictus triunfador asomó por las comisuras de los que se sienten satisfechos por conseguir obligar al monarca a realizar un acto inédito hasta la fecha. Aún así, un reducto plagado de profesionales del fariseísmo ha mostrado la ausencia absoluta de clemencia y pretende que el Rey cargue con la penitencia debida: no basta con pedir perdón, hay que pagar por el error. Bueno. El Rey ha interpretado correctamente el estado de las cosas, ha calibrado los daños y ha actuado en consecuencia. Quienes le apremian también han valorado la situación y saborean ese cierto regusto de placer que proporciona saberse influyentes y poderosos. El elefante bien, gracias. Y la caza también: caza mayor que nunca sé si era de elefantes o de monarcas.


A todo esto, podría cundir el ejemplo. Va a resultar que aquí pide perdón el Rey, el titular de la Corona, y los demás empiezan a silbar. Nadie pide perdón. Podrían pedirlo los que ignoraron la crisis, por ejemplo. O los que han dado la espalda a las víctimas del terrorismo, desoyendo cualquier reclamo de atención, y eso va por políticos nacionalistas y por obispos felones. Podrían pedir perdón todos los piqueteros que revientan escaparates en días de huelga, que no lo hacen y no creen tener que hacerlo; o los que se lo han llevado a manos llenas de aquí y de allí y no han tenido el detalle de devolverlo; o los que han arruinado las arcas administrativas de varias Comunidades Autónomas y se han retirado del escenario; o no digamos aquellos que han apoyado manifiestamente a una banda terrorista que ha sembrado de muertos nuestro país. Estos últimos no sólo no han pedido perdón sino que han conseguido que alguno de los que más contundentemente han exigido que el Rey se disculpara sea mucho más condescendiente con los amigos de los asesinos y comprenda que lo mejor sea luchar por un final sin vencedores ni vencidos. Que nadie tenga que arrepentirse, viene a decir Pachi López sin ir más lejos; ese político que, a decir de Basagoiti, tiene menos títulos académicos que Homer Simpson.


Se me ocurren muchos ejemplos más de aquellos que, siguiendo el ejemplo Real, deberían pedir perdón, pero lo común a todos ellos es que no tienen ninguna intención de hacerlo. De lo que haga el Rey depende en buena medida el prestigio de la Monarquía: lo hecho hasta ahora le otorga el triunfo ante los suyos y el balance es ocioso evidenciarlo. Que un viaje poco transparente ponga en duda el resultado final es un auténtico disparate. Y que tenga que comparecer ante los medios pidiendo disculpas retrata al dedillo lo absurdo de los tiempos. No discuto lo hecho: posiblemente haya sido inevitable y aconsejable. Lamento la circunstancia que lo ha propiciado.

 


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