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27 de junio de 2003

El Juguete roto de Simancas


«Y es que, aunque sea hijo de un candidato socialista a presidente de una Comunidad Autónoma, que ya sabemos que lucen un estoicismo y una sencillez y un ascetismo fuera de toda duda, ese niño tiene derecho a jugar con una Play que funcione»


Tengo serias dudas acerca de la conveniencia política de hablar de los juguetes rotos de nuestros hijos. Con ese gesto, Simancas se ha asegurado una cantinela hasta el final de la adolescencia de su niño: pretendía despertar un mínimo de ternura para con él, pero, como mucho, sólo habrá conseguido que en las próximas trescientas entrevistas le preguntemos si ya le ha reparado la consola de videojuegos para que pueda jugar como cualquier otro niño. Y es que, aunque sea hijo de un candidato socialista a presidente de una Comunidad Autónoma, que ya sabemos que lucen un estoicismo y una sencillez y un ascetismo fuera de toda duda, ese niño tiene derecho a jugar con una Play que funciones. Ignoro tanto la dimensión de la avería como la posibilidad de arreglo —no pocos electrodomésticos modernos resultan más fáciles de sustituir que de arreglar—, pero si tuviera solución debería investirla. Recuerdo que a la tienda de mi tío Andrés, hacia la mitad de aquella Vía Layetana donde todos los sobrinos íbamos a ver la cabalgata de los Reyes Magos, mi abuela Cecilia Llevaba la plancha a reparar con una cierta asiduidad: entonces las planchas se reparaban: ahora, sin más, se cambian. Con las videoconsolas como la del hijo de este padre atribulado puede que pase algo semejante. Igual compensa más que se la cambie y así se hace con el nuevo modelo que, a buen seguro, ya habrá salido y que hará la delicia de su hijo. El mío, por ejemplo, resulta fascinado con el aparatito y echa buenos ratos jugando al fútbol virtual: está contentísimo porque, además, está incluido su Betis y puede meterle cientos de goles a sus adversarios favoritos sin que tenga que darle explicaciones a nadie.


En la infancia de Simancas y mía —aunque no separan ocho o nueve años y una diferencia así puede parecer un abismo en lo tecnológico— los niños apilábamos juguetes rotos con la misma facilidad con la que abríamos los regalos que podían caer en fiestas señaladas: eran juguetes sencillos y, en buena medida, recios, pero pocos eran capaces de resistir la agresión de una generación que no había conocido las penurias de las posguerra y que empezaba a estar bien alimentada. Ahora, la sofisticación de los juguetes o de los “instrumentos de ocio juvenil», invita a que la delicadeza tenga que ser extrema si se quiere mantener en marcha un deslumbrante mundo audiovisual. Ya hubiéramos querido algo así los que tenemos la edad que tenemos —soy del 57, no me escondo— y alucinábamos siendo ya adolescentes con las máquinas de marcianitos o con aquella de pim–pom con la bolita que se aceleraba a medida que rebotaba en los laterales menguantes que se manejaban con un potenciómetro. Pero a lo que iba: me decía el incomparable Vicente Romero que después de ver a los niños sufrir, mendigar y morir por medio mundo, había llegado a la conclusión de que un niño puede vivir sin un par de zapatos, pero no sin un juguete. Y al hilo de ello me atrevo a decirle al contradictorio candidato que lo mejor que puede hacer es vender el Simca 1000 que dice atesorar —con lo que tiene que gastar eso— y reemplazarle el juguete a su chiquillo. O renunciar a la Opción Premiun de Canal Satélite Digital, aunque eso suponga menos beneficios para Prisa, y repararle el chisme. O nosotros hacemos una cuestión para que no tengan los pobres miembros del PSOE que someter a los suyos  a privaciones tan inauditas en los tiempos que corren, o él habla con Sentís, el director de RNE, y lleva a su hijo al programa «Un Juguete, Una Ilusión».


Lo que sea, pero que la cosa no quede así: nada hay más triste que..


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