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26 de junio de 2006

Cintura zapatética


Rodríguez pasa su tiempo, como ya debemos saber a estas alturas, entre las solemnidades y la propaganda. Venga cintura. Ello es, probablemente, una forma más de escabullirse de las responsabilidades propias de su cargo, pero, por encima de todo, muestra una disposición absoluta a usar las escaleras del poder para quedar bien retratado en la imprevisible fotografía de la historia. Y muestra también una indisimulada habilidad para hablar y, la mitad de las veces, no decir nada. Pero eso ya es sabido.

El habitual autismo de la clase política española se ha puesto de nuevo de manifiesto: mientras ésta dilucidaba los detalles imprescindibles del estatuto andaluz -uno de los últimos juguetes con los que los muy caprichosos se premian a sí mismos-, la ciudadanía se debatía aterrorizada por las noticias de asaltos, secuestros y robos que diversas bandas de criminales realizaban en distintas zonas de España. Ellos hacían piruetas en torno a estupideces como la de la supuesta «realidad nacional andaluza» y, entre tanto, tres sujetos con acento rumano golpeaban y robaban, por ejemplo, a una familia de Lérida. Los asaltantes podían ser búlgaros y la familia de Moratalaz, da igual. Cuando los gobernantes se han querido dar cuenta, ya sólo se hablaba en las calles y las casas de lo que nos está cayendo encima a los atónitos ciudadanos que comprobamos que todo les vale a los delincuentes con tal de hacerse con cuatro euros. Rápidamente se ha querido solucionar el problema como se suele arreglar por estos burócratas de las ideas: con foros, comisiones, comisionados altos, nuevos departamentos con nuevos sellos y nuevos membretes. Es el momento en el que Rodríguez dejó caer el aro de su cintura y se puso nervioso a dar palmas pidiendo una tabla de salvación urgente. A una cabeza privilegiada se le ocurrió crear un centro de inteligencia con el que apaciguar las iras de la gente; él, ufano y zapatético, corrió a comunicar la buena nueva.

Ya saben: en primer lugar se devolverá a Cataluña una pequeña parte de los guardias civiles que fueron relevados en mitad de la euforia nacionalista. La batalla simbólica fue imprescindible y su salida era la escenificación de un triunfo pequeño. En cuanto las cosas se han puesto difíciles, los irresponsables políticos catalanes han pensado que bien vale un puñado de muchachos salidos de la academia de policías con tal de que se calmen los ánimos de los ciudadanos. Esa medida, junto con los funcionarios clasificadores de denuncias y correrías de los delincuentes importados -como si con los de aquí no hubiera suficiente-, bastará para cercar la espiral de delincuencia que atemoriza a una población asombrada por la insolencia de los criminales. Ya está. Ya podemos volver a jugar con el aro. No importa que por culpa de la irresponsabilidad mostrada durante los últimos años -incluidos los gobiernos del PP- el país se haya llenado de una gentuza a la que la justicia no puede ni parece querer encerrar a buen recaudo. No es progresista. Si un ciudadano responde violentamente a unos asaltantes armados y les causa daño, los jueces españoles castigarán al primero, como ha ocurrido en el caso de un karateca que afeó la conducta de unos pistoleros que amenazaban la cabeza de su hijo con un arma: los asaltantes están libres y el defensor está pendiente de una condena de dos años de cárcel por haberles roto tres huesos a cada uno.

Cintura. La democracia es cintura. Y manga ancha. Y anchas espaldas. Y un aro muy grande con el que distraerse y por el que hacer pasar a la gente. Hasta que la gente se cabrea y llama indignada a las puertas de palacio mientras los señoritos están jugando al Hula Hoop. Entonces y sólo entonces empiezan a sonar todas las alarmas.


 


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