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15 de julio de 2005

Es la seguridad, estúpidos


No me apetece mucho que los ministros europeos sepan las veces que yo hablo con usted por teléfono. Aunque, la verdad, tampoco me apetece mucho que un par de chalados me hagan volar por los aires y que me tengan que recoger con aspiradora. ¿Qué hago? Si lo pienso detenidamente, lo que hablo yo con usted no tiene mayor interés, pero en el caso de que lo tenga para el ministro holandés de interior, ¿estoy decidido a brindar mi intimidad a cambio de que agarren a un par de musulmanes excitados dispuestos a destruir Occidente y sus sistema de libertades? Menudo dilema. Los sagrados defensores de la libertad, que tan bien quedan en las fotos, no están dispuestos a ceder ni un solo milímetro por ningún tipo de seguridad, ni siquiera cuando les argumentas que la libertad sin seguridad sirve de más bien poco. Enseguida te recuerdan aquella frase de Felipe en la que aseguraba que prefería morir de un navajazo en el metro de Nueva York que de aburrimiento en Moscú, ¡con lo mucho que les había emocionado Moscú a algunos de sus compañeros en su juventud! Y te dicen que prefieren correr el riesgo de sufrir y padecer a cambio de permanecer inobservables. No tienen en cuenta que el del navajazo es un tipo aislado al que le puede haber bañado un auténtico mar de injusticia y pobreza, y que eso lo justifica todo, pero que los otros son un ejército perfectamente organizado para hacer la guerra más sucia de todas. Los defensores posturales y sin matices de la estricta intimidad suelen ser aquellos que mejor comprenden a los terroristas palestinos, a los «resistentes» iraquíes que, sin ir más lejos, acabaron con la vida de veinticinco chiquillos en Bagdad o a los revolucionarios colombianos que igual acaban con pueblos enteros que trafican con heroína. A todos ellos les cubre el mar reseco antes citado, que es, dicho sea de paso, la majadería política de mayor envergadura que ha creado ese gran talento de estadista que se llama Rodríguez -superior, incluso, a la Alianza de Civilizaciones-.

Es evidente, y buena parte de razón llevan quienes así piensan, que a esa tendencia orwelliana se le pueden poner muchos peros: el único problema estriba en ligarlos con posturas de comprensión a la etiología concreta del mal de nuestro tiempo, el terror sistematizado. Un grupo de terroristas se organiza con relativa facilidad si no tiene que andar trajinando por distintas fronteras: los causantes de la masacre de Londres son un puñado de jóvenes nacidos en la Gran Bretaña que podrían haber pasado su vida entera sin levantar la más mínima sospecha, pero que un buen día deciden que sus teóricos compatriotas merecen la ira de Alá y deciden matarlos y matarse. Es decir, el veneno está dentro; y entró años atrás de la mano de una religión que ha devenido para algunos en una ideología perversa. Allá Europa si prefiere no percatarse de que en sus entrañas habita ya el monstruo. Muchas voces han venido dando la voz de alarma desde hace un buen número de años, y han sido olímpicamente despreciadas por los grandes creadores de teorías estúpidas como las anteriormente mentadas. La misma resistencia a considerar la obra política e histórica del continente como una consecuencia de factores a los que no les es ajeno el cristianismo resulta una imprudencia cómplice de alcance catastrófico. Los mismos no parecen haber aprendido la lección, y de la misma manera que censuraron que se detuviera a unos inocentes ciudadanos que «sólo manejaban detergente» dirán hoy que no puede ponerse en juego nuestro supuesto sistema de libertades. Siguen sin querer ver que es mucho más importante tratar de ponerle puertas a un campo peligroso que impedir que alguien sepa cuántas veces habla menganito con zutanito.

Y así nos va a ir.


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