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20 de mayo de 2005

El yeso de los sacramentales


Una pregunta merodea mis intrigas desde que sé que la sede de la soberanía nacional ha puesto su vergüenza en almoneda: ¿creen ahora las últimas víctimas, simplemente las últimas, que su sufrimiento ha servido para algo? Después de que, en una iniciativa inusitada e inverosímil, el Gobierno de una nación machacada durante cuarenta años por una banda de asesinos con terminales políticas haya cedido el paso y haya ofrecido salidas negociadas a los mismos que estaban derrotando con su firmeza, a las víctimas que dieron su vida en una guerra inexistente les queda tan sólo el marmóreo y frío recuerdo de una lápida, de un nombre esculpido en el yeso de los sacramentales. Nada más. Haber sido un objetivo les resta, según este Gobierno de ignorantes, la virtud de la objetividad: pasan a convertirse, según palabras de Maite Pagaza, en minusválidos intelectuales. Tras toda la ceremonia de confusión y perplejidad que comenzó el día en que el esposo de Sonsoles expresó su deseo de negociar con la ETA, los negros nubarrones de la incertidumbre se agolpan en el horizonte a la espera de descargar y nos dejan pocas, muy pocas certezas, todas ellas inquietantes: una de ellas es que la gendarmería francesa muestra enorme preocupación por el súbito aumento de robo de furgonetas en el sur del país y transmite a las autoridades españolas su inquietud por posibles «acciones armadas» en territorio español. ¿Qué ocurriría si ahora se produjese una de las clásicas «pruebas de fe» con la que los terroristas gustan de medir la voluntad negociadora de sus interlocutores? ¿Le daría tiempo al Gobierno a echarle la culpa al PP?

La felicidad de Otegi, exultante estos últimos días, no puede coincidir con la felicidad de los hombres y mujeres de bien. No puede jactarse ese animal de haber conseguido que el Gobierno de España haya seguido sus pautas sin que se encoja, paralelamente, el esponjoso espíritu de los que han sufrido su dictado sangriento. No podrá consolarles, ni siquiera, Peces Barba. No podrá consolarles tampoco Pilar Manjón, esta administrativa del dolor que sólo se presta a actuar y manifestarse por el que proviene de las acciones islamistas. Será difícil que alguien se plante frente a su mirada inquisitiva y sea capaz de argumentarles que no pasan de ser un estorbo en sus planes: todo sería magnífico si no fuese por el pequeño detalle de que andan trasteando por ahí las víctimas, maldita sea. En no pudiendo culparles a ellos mismos de su propia muerte, ya que eso es demasiado hasta para los socios de Esquerra Republicana, habrá que inventarse un procedimiento que les haga prescindibles y que les conmine a quedarse junto al brasero de picón en un perpetuo domingo de diciembre. ¿Pero qué pasa si un puñado de ellos es capaz de sobrellevar el desprecio y revolverse contra ese sino? ¿Qué pasa si el próximo día Once de Junio consiguen hacer despertar las alertas de la grey embobada con la sonrisa falsa del presidente por sorpresa?

El tiempo de las buenas palabras hace ya mucho que pasó. El cuento ese del talante queda sólo para contárselo a las niñas del presidente en las noches de tormenta poco antes de que se asome el ogro malo, malo, malísimo de la derecha. Ahora hay que ser fiel a los muertos que dieron su vida sin que tuvieran cita previa. Si todos los que promueven la negociación preventiva con ETA tienen lo que hay que tener, que se sienten frente por frente a una madre de guardia civil o al hijo de un brigada de artillería y que le digan que hay que superar su muerte «humanizando» el futuro de los terroristas encarcelados -es una expresión reciente de Gaspar Llamazares- ya que todos los países del mundo han cedido siempre algo cuando han negociado con los pistoleros. Vamos, que se lo digan.


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