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26 de noviembre de 2004

El paracaidista


Si Chávez te deja un paracaídas para que te lances al vacío sobre un campo de cactus y ortigas, resulta conveniente que se lo pruebe primero un muñeco porque te lo puede dar vacío o sellado con silicona. Moratinos, vestido de excursionista dominguero, se calzó el paracaídas, se tiró del avión... y el paracaídas no se abrió. Una vez estrellado el ministro, el paracaidista vocinglero y canturreador ya estaba en Libia pegándole voces en el oído a Gadafi y animando a los bereberes a continuar en la revolución permanente y el tránsito desértico hacia el nuevo horizonte mundial. Ahora a ver quién le quita las espinas de su respetable culo a un hombre, por otra parte, acostumbrado largamente a los escenarios difíciles.

Si algún ministro no puede juguetear con el jarrón chino de la dinastía Ming o Ching o Ting que heredamos de la bisabuela, es el de Exteriores. Un jefe de la diplomacia de cualquier país es, forzosamente, el que con más prudencia debe coordinar su cerebro y su lengua. Las tonterías, de las que cualquier ministro no está exento, son algo más disculpables en titulares de otras carteras: en la de Exteriores no. Lamentablemente, nuestro canciller ha dado muestras en los últimos días de una incontinencia no excesivamente propia de alguien que debe pensárselo dos veces antes de toser en público. José Luis, entre tanto, sigue con sus cantitos, coge su guitarra y una vez más nos entona aquello de la «alianza de civilizaciones». En lugar de arreglar lo que está estropeado, el presidente y su gobierno se empeñan en crear problemas nuevos, siempre ayudados de cerca por un hatajo de sectarios que igual le da medallas a Chávez en la Complutense que fleta autobuses con dinero público del Ayuntamiento de Sevilla para jalear revolucionariamente al líder bolivariano en su paseo triunfante por Madrid. Cuando menos, inquietante.

Es el signo de los tiempos, otra vez. Le ha correspondido a España vestirse, de nuevo, con la pana y las gafas Lennon, con el cesto de mimbre en bandolera y los pañuelos en la cabeza. Nunca hubo tantos idealistas como entonces, de acuerdo, pero tampoco tantos tontos. Como acostumbra a señalar acertadamente José María Calleja en sus brillantes entregas, estamos en horas de «pasiones tristes», que serían aquellas que consumen de forma tonta las horas que deberían ser dedicadas al progreso político y su traducción social. Los enfrentamientos absurdos que se establecen por cuestiones extravagantes e innecesarias nos devuelven a una posición superada en la rueda de los años. Que a estas alturas del nuevo siglo estemos encerrados en vicios dialécticos propios de los años de facultad nos acaba abocando, inevitablemente, a la melancolía. Viene a España un energúmeno que debería ser recibido sólo por los bravucones trasnochados como él y monta un tiberio de campeonato: llega, agita y, cuando la cosa revienta, se va con la música a otra parte, dejando la fiesta hecha unos zorros. Sus siguientes destinos clarifican comparativamente el papel marginal de nuestra estrategia: Libia, Qatar, Rusia, Irán... ¿Somos de esa cuerda?, ¿es el futuro de nuestro enclave en el mundo?

Y el Rey, entre tanto, teniendo que comer pavo para que las aguas vuelvan al cauce debido: ¿cómo es posible que esté el Jefe del Estado poniendo vendas allá en el Rancho Grande y, a la par, esté nuestro Gobierno bailándole el agua y riéndole las gracias a un botarate chillón vestido de rebelde que se ha pasado la estancia soltando pestes de los norteamericanos? Esperemos al miércoles próximo: parece que será entonces cuando Moratinos dará las debidas explicaciones acerca de este carajal errático en el que cabalgamos. Alguien debería darle urgentemente un cursillo de paracaidismo deportivo y explicarle a este experimentado diplomático la diferencia entre tirar de la anilla y tirar de la cadena.


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