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19 de noviembre de 2004

La imagen desenfocada


¿Qué necesidad tienen los políticos nacionalistas catalanes de hacerse los antipáticos? Parece como que, si no lo fueran, su parroquia se sintiese algo decepcionada y recibiera la impresión de que no defienden con uñas y dientes los derechos pisoteados históricamente por una ciudadanía foránea. Tiene algo de primario e infantil, pero se ha acabado convirtiendo en un acto reflejo: ante el ultraje permanente, la permanente pendencia, y no se hable más. Aquellos que adoptan constantemente, haga frío o calor, la postura agresiva o suficiente del nacionalismo, hacen flaco favor al aspecto histórico de una colectividad: los catalanes de calle, el señor Martí o la señora Deulofeu no son desatentos, ni voraces, ni pendencieros, ni tienen el más mínimo interés en faltar al respeto a nadie, ni se creen por encima de ningún semejante. Sin embargo son víctimas del desapego que provocan en el resto de los españoles los discursos de alguno de sus representantes. Cuando los catalanes te dicen aquello de «oiga, amigo, que aquí no somos así, que no mordemos, que somos amables y queremos a todo el mundo» tienen mucha razón: por regla general son educados, corteses, generosos -sí, sí, generosos, que ya está bien con los chistecitos- y admiran sinceramente aquello que descubren y conocen; pero, por desgracia, son equiparados al único discurso políticamente correcto en Cataluña, ese que tiene secuestrado todo el espacio y que consiste en afirmar que viven históricamente subyugados por un pueblo vecino del que hay que desligarse. La misma gestión que el independentismo y el nacionalismo catalán está realizando por el reconocimiento de la unidad de la lengua catalana, está generando tal sentimiento de agresión en la vecina comunidad de Valencia que el enfado se está pormenorizando hasta en las relaciones personales que unos mantienen con otros. La unidad lingüística se puede defender, estoy convencido, con otras estrategias. ¿Creen sinceramente los políticos catalanes que los valencianos correrán alborozados a abrazar su patronímico a base de recordarles que forman parte de un apéndice cultural del norte? ¿De verdad lo creen? ¿No hay maneras más inteligentes que exigir al Gobierno central, desde el centro del «saloon», que se retrate y afirme que aquí sólo existe el catalán y nada más que el catalán? Trasnochados sueños de grandeza asaltan a aquellos que viven en la disparatada idea de unificar los llamados «Paisos Catalans» y les llevan a creer que es posible una renovación de reinos medievales en la Europa del siglo XXI: inmediatamente que eso se verbaliza, normalmente con desagrado, con notable antipatía, no hay lugareño que no reafirme su identidad a base de negar la contraria. Parece mentira que el imperialismo de algunos no le deje ver esa realidad.

Aquellos que amamos Cataluña hasta el desmayo, que amamos el catalán como lengua tan propia como otra, que guardamos en el corazón el nombre de amigos o familiares que forman parte inseparable de nuestras vidas, consumimos buena parte de la misma habiendo de explicar las bondades de una tierra excepcional y de una sociedad admirable. En no pocas ocasiones debemos contrarrestar la impresión que subyace en la manoseada expresión «nos odian» y en asegurar que hay un camino hacia la normalidad. La clase política es pues, en buena medida, responsable de asignar un perfil desagradable a colectividades mucho más neutras. Evidentemente, imbéciles los hay en todas partes, pero resulta inmerecido que deban cargar con el sambenito de la insolidaridad ciudadanos que sólo hacen que trabajar y compartir. Los catalanes que conozco sólo quieren llevarse bien con los demás, hablar su lengua y enseñársela a quienes no la conozcan, asumir las luces y las sombras de su historia con naturalidad y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. No es justo que sujetos que se esfuerzan a diario por ser antipáticos y de


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