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10 de septiembre de 2004

Día tres después del Ibarrazo


Los primeros compases de la vuelta a clase han dado una primera muestra evidente de lo que va a ser el debate más grueso de este próximo curso político. No han pasado ni seis días desde que Rodríguez y los suyos se reinstalaron en el BOE y Rodríguez Ibarra, ese tocapelotas, ha dado con la clave para amargarle el desayuno a los que se las proponían muy felices en el trasiego permanente a la refederalización de las Españas y su transformación en una amalgama de cosas desuniformemente arrejuntadas.

Ibarra podría haber esperado unas semanas, haber dejado que el presidente del Gobierno recibiera en las escaleras de Moncloa hasta al lucero del alba, haber moderado el ariete de su deslenguado verbo en atención al buen rollito que lo preside todo... pero no, ha preferido segar al delantero contrario con su pierna buena en los primeros minutos del partido, sin piedad ninguna.

Justo cuando Rodríguez y Rajoy escenificaban su desencuentro de sofá y café -del malísimo café que, presidente tras presidente, siguen dando en palacio-, llegó el Ibarrazo en forma de declaración institucional y contaminó la información de dos largos días: ¿ha sido casual la elección del momento? Buena pregunta para ser contestada por los medidores de tiempo y estrategia.

Analicemos: dice Ibarra que lo que él ha dicho no deja de ser lo que piensa su partido, lo que piensan las bases históricas y lo que pensaron en Santillana los santones del «burubatzar» del PSOE, pero algo hace pensar que no es así y que la apoteosis de lo políticamente correcto en la que viven los sociatas impide que nadie afirme con tanta rotundidad una obviedad, por otra parte, llena de sensatez y cordura. Ese algo no es otro que el proceso de intenciones que desvela cada día todo el establishment pesoíta cuando, para diferenciarse del PP y su excrecencia, subraya alborozado todo lo que le llega desde las campas del PSC, sea lo que sea y diga lo que diga. Para un bizarro representante de la España más equilibrada, esa sobredosis permanente de asimetrías y demás estupideces supone un aguijón diario en su balance de cuentas, y, ante la expectativa de ver difuminarse un sistema de reparto que le ha permitido evolucionar tímidamente desde su legendario subdesarrollo, reacciona mascando el verbo áspero de la verdad. El dirigible llega directamente al corazón del laberinto socialista y despierta el mohín nuestro de todos los días.

Han pasado tres días desde el sereno borbotón del extremeño y se atisban signos de irritación mal disimulada en el seno de la llamada izquierda española: los catalanes del PSC deben defender los intereses de Cataluña y, si se puede, hacerlo levantando polvo para que tosa la España incómoda a la que no acaban de renunciar pero a la que sitúan en el centro de sus desafecciones; los demás, un tanto aturdidos por la entrada en el baile de un provocador suelto e incontrolado, buscan al líder para que calme las cosas y esperan su palabra balsámica. Pero el líder no dice nada.

El que tiene ahora que hablar es Rodríguez Zapatero, y no decir sólo «yes». El que decide qué se va a hacer y cómo se va a hacer es RZ, pero a la hora de escribir este libelo tan sólo se puede asegurar que ha esbozado la mejor de sus sonrisas y se ha puesto a ver a través de los cristales blindados de Moncloa mientras constataba la pasión con la que habla el presidente de la hermosa esquina extremeña. ¿Con quién está Rodríguez? ¿Con los que encuentran cómico a su homónimo o con éste mismo?

Tres días después del Ibarrazo seguimos sin saberlo y nos sentimos un tanto huérfanos. Nos sea dicha, por compasión, la verdad revelada cuanto antes.


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