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30 de junio de 2004

El "peñazo»


Si los siempre atentos encuestadores del CIS, tan preocupados por la superación histórica de la monarquía, preguntasen hoy a los españoles por Gibraltar y la recurrente historia de su soberanía, nos daríamos de bruces con una realidad que no tiene por qué ser desalentadora: a la inmensa mayoría le importa un pimiento.

Si esa misma encuesta se hubiese realizado en tiempos de la oprobiosa, cuando Franco preconizaba visionariamente la conversión de la piedra en fruta y cuando se hacía de la cuestión gibraltareña una afrenta de ejercicio permanentemente doliente, el resultado, claro, hubiese sido otro. Pero a día de hoy, superados ciertos padecimientos de destino en lo universal, sólo preocupa de la roca su excesiva propensión al delito, y ello, fundamentalmente, a quienes viven y padecen en la zona afecta, es decir, a los habitantes del Campo de Gibraltar. A los demás, les tare al fresco.

La ciudadanía ha metabolizado eso del “anacronismo” con el que las clases política y periodística han adjetivado al Peñón --que viene a ser un matrimonio semántico como el que forman “pertinaz” y “sequía”-- y viven ajenos a un contencioso absurdo que permanece latente entre dos países supuestamente socios y amigos.

La reciente visita de la hija caballista de Su Desternillante Majestad con motivo del aniversario de la toma de la parcela por los Hijos de la Gran Bretaña, ha ocasionado las habituales protestas del gobierno español y las no menos habituales maniobras de despiste del británico, el cual, acostumbrado a la recurrente queja de siempre, ha resuelto el incidente con las correspondientes palabras de su embajador acerca de la inmarchitable amistad de ambos pueblos y todo el bla, bla, bla de siempre.

La diplomacia isleña lleva años mostrando a cada nuevo ministro de exteriores español el señuelo de un posible arreglo a la larga, arreglo que nunca llega a nada y que vuelve a comenzar así que cambia cada gobierno, dándose el caso de que cada nuevo ministro confía en que va a ser el que deje eso solucionado para siempre, sin que, por supuesto, así sea. Y todos tragan.

Pero a lo que íbamos: los ciudadanos españoles, más avispados que sus representantes diplomáticos, le han vuelto la espalda al “anacronismo” y sostienen, por lo general, que los británicos y los llanitos se pueden meter la roca donde les quepa, ya que, ciertamente, el interés por la misma sólo se circunscribe a un vago deseo de integridad nacional que a pocos parece preocupar y a la aspiración a que ese territorio de juguete no siga siendo una cueva de piratas. Entre esa dejación por parte de la mayoría y el interés un tanto perverso de la clase nacionalista por aplaudir la realidad desgajada de un trozo del territorio nacional --al que jalean y celebran infantilmente y al que acuden de vez en cuando a hacer el ridículo--, los gibraltareños saben que su chollo va a continuar durante generaciones y que las posibilidades de convertirse en autonomía española son manifiestamente nulas.

Caruana, que tiene menos poder que un alcalde pedáneo, sigue veraneando en la costa del sol y continúa proporcionándole a sus conciudadanos los beneficios del blanqueo nuclear de los capitales escapistas y de los traficantes de mercancías poco dudosas. Los demás, insisten en su ridícula raíz británica y celebran la llegada recurrente de cada principito como el que asiste al advenimiento de un mesías.

Nada nuevo bajo el sol: la peña se convierte en un peñazo y los españoles, descreídos con la historia y ocupados en problemas de mayor envergadura vuelven la mirada hacia cosas de más trascendencia que un pueblito de chiste en el que se compran chocolates y se pintan monas.

Los políticos británicos, caballerosos y cínicos, entret


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Comentarios 1

17/07/2004 16:42:00 cristina castiella
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