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28 de septiembre de 2001

«I love you», Nueva York


Los que amamos Nueva York sentimos el punzón de una pequeña muerte entrando como un avión por nuestra sangre. Algo se nos derrumba con ella, ciudad de sueños revueltos, olla de patuleas violentas, selva de amores míticos e imposibles. Se me acaba de caer la copa que bebo en el local contrabandista de la confluencia de Bleecker y Barrow, allá donde el Village se confunde. Se le ha helado al viejo Jerry esa sonrisa con la que canta las excelencias de Peter Lugger´s, oculto entre los steaks de su garito en Brooklyn. No cantan los camareros del Asti, aspirantes a tenores, ni los del Sacred Cow, que ya cerró, justo al lado de donde me mataron a Lennon una tarde de frío en la que ni siquiera rodaban los charrés de Central Park. Ha enmudecido la voz de Anita, negra feliz de la calle 145, Harlem arriba, que me canta las misas de domingo en domingo con el acero de su garganta.

Algo se nos derrumba con ella, ciudad de sueños revueltos, olla de patuelas violentas, selva de amores míticos e imposibles

No marcan las horas los verdaderos relojes falsos de Canal Street en las manos chinas del miedo (siempre hay que comprar en el tercero entrando por Broadway). No juegan al dominó los paisanos del Centro Español de la calle 14, al pie de lo que fue el “Nueva Granada House”, hotelucho que fundó nuestro abuelo cuando dejó Almería buscando fortuna. No sé si queda algún eco de la voz de Dolly Laballe tropezando por las paredes del Minkstoff Teather, ni si la esfinge de Times Square sigue pidiendo que le den recuerdos a Broadway, ni si Harry´s me sigue dejando la hamburguesa menos hecha de lo normal. No hay colas frente a Studio 54 en el que la única noche en la que entré, vi pasar la sombra burlona de Warhol.
Se está desdibujando la postal nocturna de Manhatthan vista desde la orilla del River´s Café mientras suena, solitario, el piano de media cola a los mandos de su incomparable y genuina pianista con artrosis.

Se está desdibujando la postal nocturna de Manhatthan vista desde la orilla del River•s Café mientras suena solitario el piano

Llevo una semana esperando turno para entrar, aporreando su puerta de hierro doblada por el odio. Parezco el hijo impaciente que espera el resultado de la intervención a vida o muerte. Tengo que volver cuanto antes para decirle a la ciudad que la quiero en cada una de las cicatrices de su orgullo, en cada uno de los desaparecidos, de los sepultados, en cada balazo de tragedia incrustado en las almas transeúntes, en cada párrafo de buitres sobrevolando la muerte, en cada borrador de esperanza, en cada epitafio que, como una regata, sortea los vivos y los muertos. Dios bendiga Nueva York. God bless América.


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