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25 de marzo de 2004

Más Rodríguez que Zapatero: Síndrome Moncloa


Tengo la impresión de que, en lo que respecta a asuntos internos y familiares, el presidente electo del gobierno prefiere ser mucho más Rodríguez que Zapatero. Hasta ahora ha establecido una raya vigorosamente trazada entre sus actividades públicas y las privadas, evitando, por ejemplo, que conozcamos a sus dos hijas; su esposa, Sonsoles, tampoco ha dado la impresión de ser muy partidaria de abrir la puerta de casa sin soltar la cadenilla de seguridad y hasta en sus apariciones públicas ha ofrecido la sensación de permanecer en un silencio escénico bastante prudente. Carmen Romero también estaba en esa línea. Ana Botella era partidaria de asumir un papel más parecido al de las primeras damas norteamericanas, es decir, representar “familiarmente” al presidente y tomar parte activa en la dinamización de determinados ambientes culturales o sociales.

Sonsoles tampoco ha dado la impresión de ser muy partidaria de abrir la puerta de casa sin soltar la cadenilla de seguridad

Normalmente, quien abre la puerta para salir también la abre para entrar: con los Aznar, los medios de comunicación entraron con cierta asiduidad en la Moncloa, y con los Zapatero tengo la sensación de que entrarán lo estrictamente imprescindible y siempre al despacho del presidente, no al salón de la familia Rodríguez.

Ambas posturas son legítimas y comprensibles y se corresponden con la apuesta vital de cada uno, sin más. Aznar, finalmente, ha sido preso del terrible “síndrome Moncloa” que te mantiene un tanto alejado de la calle y casi encerrado en una realidad tecnocrática y política que te acaba cambiando hasta el carácter.

Dentro de pocos días tomarán el relevo del salón comedor, del dormitorio y de los cuartos de baño que tan poco gustaron a los Aznar

Le pasó también a Felipe González. Si Zapatero vive cuatro o más años en palacio, puede ser presa del mismo mal y tal vez acabe desplazado de la realidad gracias al habitual hatajo de pelotas que rodea a todo mandatario, con lo que su esposa puede jugar el papel clave de aquél que, estando a tu lado, tira de ti para acercarte a la calle, a las cosas en su estado real.

Dentro de pocos días tomarán el relevo del salón comedor, del dormitorio y de los cuartos de baño que tan poco gustaron a los Aznar cuando llegaron en el 96. Hicieron varios cambios, por cierto, como posiblemente harán los nuevos, aunque, eso sí, que se despidan los cronistas domésticos de la política de entrar con la cámara a comprobar cómo son sus cucharillas del café o el escritorio en el que las niñas estudian matemáticas: los Rodríguez no tienen aspecto de facilitar esos datos.

No obstante, no pasarán muchos días antes de que entiendan que quienes les han votado –y quienes no--  gustan de saber las pequeñas cosas que acompañan a quien ha de gobernar el país.

Suerte... y cuidado con los síndromes palaciegos.


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