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6 de febrero de 2004

Belen en Interviú


Ya sabemos que Belén Esteban se ha hecho un hueco en la iconografía pública de nuestro país. Tanto, que parece imprescindible en la crónica de los tiempos que corren, que son tiempos de cohetería artificiosa y, a veces, difícilmente explicable. Su rostro puntiagudo, su decir asfáltico, sus cuitas amatorias y sus problemas cotidianos forman parte de la crónica semanal de nuestra sociedad. Cuando llega a un acto social convoca más atención que si llegara Julia Roberts. Y Julia Roberts, que sepamos, ha hecho películas, pero nuestra Belén ha pasado a la inmortalidad todavía no sabemos gracias a qué. A tener una hija, digo yo. Fiel a la costumbre de algunas damas célebres de mostrar su palmito en Intervíu, la joven madrileña se ha despojado de la blusa de raso para compartir con occidente su estrenada volumetría pectoral. La verdad, a tenor de lo visto, está para comérsela. Algunas malvadas y envidiosas han afirmado que con maquilladores así puede salir atractiva hasta Rossi de Palma –que a mí me parece atractivísima, dicho sea de paso--  y que sería bueno que Belén hubiese tomado nota de la mano de pintura para ponerla en práctica en su vida diaria y no parecer que se acaba de levantar abotargada de una siesta profunda. Debería nuestra heroína dejar de darse brochazos en los ojos con un carbón apagado y pasar al minimalismo figurativo, estoy de acuerdo. Aunque, tal vez, eso sea demasiado pedir. Con la aparición en la revista que magistralmente dirige mi querida Teresa Viejo, Belén se ha asegurado otra ronda participativa en no pocos programas televisivos, lo que, a su vez, le permite seguir alimentando el negocio legítimo con el que sustenta su vida. Bueno, allá cada cual. Si la población española muestra interés en conocer los avatares de una muchacha de barrio y se conmueve con las lágrimas vertidas por un quítame allá esta cuita, ella está en su derecho de pedir compensación por ello. El problema es de quienes le subvencionan el llanto, o el enfado, o las volcánicas reacciones cuando ve una cámara por la calle. Este que firma, al cabo, ya le está cogiendo cariño al personaje. Toda esa parafernalia de decires embarazosos, de declaraciones inanes, de problemas de Estado, de conflictos absurdos y de amores inverosímiles me está acabando por hacer gracia. Tiene gracia que una muchacha que extrañamente ocuparía un solo minuto de gloria en ningún visionado colectivo, sea, hoy por hoy, un icono neumático en los medios de comunicación.

Todo eso no quita para que, como digo, la chiquilla haya salido monísima en los papeles. Como puede comprobarse, los artistas de la cámara hacen milagros.


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