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10 de agosto de 2001

Regatas y regates reales


Mi fiel María José Pareja, sanluqueña y marinera, siempre me pregunta por qué gana el Rey en todas las regatas en las que participa. O Don Juan Carlos, me dice, es el Capitán Nemo, o los demás son unos paquetes, o son todos una manada de pelotas. Pues no me había parado a considerarlo, pero tiene razón. Incluso cabe colegir que el relevo dinástico empieza a producirse desde el mismo momento en que es el Príncipe el que ya sube a recoger, de la mano de su padre, el papiro que entregan a los vencedores. El testigo monárquico va cediéndose poco a poco. De regata en regata. Y, por lo visto, también de regate en regate, aunque en eso Don Felipe parece tener menos cintura que su querido padre.

O Don Juan Carlos es el capitán Nemo o los demás son unos paquetes o son todos una manada de pelotas

Puestos a recoger, que recoja el testigo en todo: también en lo que respecta a la responsabilidad histórica, esa sabiduría no escrita y nada pétrea -como pretende el heredero-, que consiste en saber lo que le conviene a un país y a una institución. Pero ese tema es otro y ya se abordará cuando toque. Ahora es verano, un poco raro, débil de ozono y de emociones, pero verano. Y en verano nos vamos todos de regatas, de paseo por las aguas de Mallorca, con la vista puesta en el palo mayor y en la bobada de la ecotasa, en las paellas resecas de la costa, en la sangría aguada de estas Españas eternamente por cuajar. El Rey nos lleva de regata con su media sonrisa borbónica, con su simpatía sincera de marinero de ocasión, y al verle en aguas mallorquinas respiramos hondamente porque las cosas parecen estar en su sitio: usted y yo bajo un chopo, al cobijo del sol canicular y el Soberano fondeando en la normalidad.

Al verle en aguas mallorquinas, las cosas parecen estar en su sitio: usted y yo bajo un chopo y el soberano fondeando

El tiempo de verano se mide en regatas: dos o tres más y habremos llegado a ese otoño que siempre nos espera caliente, sin aguas mansas, con el timón bailoteando, el primer oficial despistado en playas noruegas y Aznar mareado en popa. Lleva años ganando Don Juan Carlos la regata de España, tan rara como una mar de leva inesperada. Yo le quiero -y le quiero mucho-- porque tiene esa extraña agilidad que solo se aprende navegando por años difíciles, sin patria, sin presupuesto y sin puerto a la vista, esas cosas que tanto cuesta enseñar a los que no las han conocido. Será difícil que al Príncipe le dejen ganar regatas, si es que se las dejan ganar al padre: tendrá que ganárselas a pulso. No se equivoque, Señor, al elegir la tripulación, que le veo despistado: una regata se gana sabiendo muy bien cuales son los regates permitidos. Sólo los estrictamente necesarios.


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