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29 de octubre de 2010

Un necio en el tripartito


Montilla podrá presumir ante sus nietos de haber presidido un importante ensayo político sobre la necedad en forma de gobierno

LA visibilidad de un necio aumenta a medida de que al necio lo exponga públicamente en lugares de interés general. Usted me dirá que eso pasa con los no necios también, pero yo le diré que, en el caso de los profesionales de la necedad, una responsabilidad pública multiplica por diez su capacidad de notoriedad, mientras que a un ciudadano normal simplemente le hace algo más visible que si está trabajando en un cuarto oscuro. Cuando un necio puede presumir de tarjeta de visita con membrete, tarjeta de la otra con banda magnética y chófer con gorra de McArthur, siente la necesidad imperiosa de hacerle saber al mundo que él existe y que está ahí, y que el mundo no debe prescindir de sus reflexiones, y, que de hacerlo, habrá perdido una oportunidad estupenda de entrar en contacto con la élite del pensamiento. Esa y no otra razón es la que debe haber llevado al secretario de Inmigración de la Generalitat catalana, un tal Oriol Amorós, a afirmar sin ruborizarse que «entre Benedicto XVI y Abdelwahab Houzi —el imán de Lérida considerado un peligroso radical— me costaría elegir ya que son dos caras de la misma moneda». Sepamos quién es quién: Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, además de jefe espiritual de la Iglesia Católica —la que en España le da de comer, a través de Cáritas, a unas ochocientas mil personas—, puede ser, con toda tranquilidad, el pensador e intelectual europeo de mayor talla en el momento que corre; Abnosequé Houzi es un salafista wahabí partidario de meter a las mujeres debajo de una túnica negra, impedirles su vida en igualdad, mandar comandos suicidas a reventar un mercado lleno de gente y acabar con el occidente infiel y su particular modo de vida. Para este majadero de Amorós son la misma cosa.
 
Ciertamente, el exabrupto tiene poco recorrido y causa mucha pereza siquiera molestarse en contestarlo, pero nos da una idea del tipo de gente que es capaz de llegar a un puesto importante en la administración sin que antes le hayan hecho un mínimo test psicotécnico o un control de alcoholemia mental. Amorós es responsable —si es que un sujeto de esa calaña puede ser responsable de algo— de saber qué se cuece en la inmigración en Cataluña, donde es constatable la presencia de elementos radicales pertenecientes a la disciplina del Imán de Lérida, y nadie de su entorno jerárquico ha sido capaz de comparecer y llamarle mínimamente la atención . Alguien que vomita necedades como la dicha por este «ximple» no debería seguir, por un elemental sentido de la higiene, ni un minuto más en su cargo, pero tal mecanismo de salud gubernativa no se contempla en la política catalana. Creo que ni siquiera en la española en su conjunto.
 
El Tripartito del que ahora abomina el propio Montilla nos ha dejado algunas muestras de necios visibles y puede sentirse orgulloso de haber batido todos los récords de estupidez, mancomunada o particular, al servicio del desgobierno de la sociedad. Bien sea en forma de consejeros Okupas al cargo de Interior, bien sea en forma de secretarios de Inmigración estólidos y primarios, Montilla podrá presumir ante sus nietos de haber presidido un importante ensayo político sobre la necedad en forma de gobierno. Lo sentiré por él, pero si el precio para prescindir de tontos peligrosos como Amorós es que desaparezcan del poder, ojalá se marchen pronto.

 


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