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14 de mayo de 2010

Nunca es tarde si la dicha es buena


DE acuerdo: las medidas son duras, incluso excesivas con algunos colectivos como el de los pensionistas. Son también incompletas, parciales, contradictorias y poco socialdemócratas. Ahora bien: ¿imaginamos lo que estaríamos escribiendo si el martes no hubiese anunciado «El Fenómeno» lo que anunció? Hagamos examen de conciencia y reconozcamos que todo estaba en contra de un presidente que sólo tenía una opción, la de anunciar severos recortes en el gasto público. Si ZP hubiese articulado su discurso con tonterías del tipo «reducir el gasto en bombillas en los edificios de la Administración Central» hoy no habría suficiente munición para los disparos en ráfaga que le depararía la opinión pública. Un par de días después del anuncio de tijeretazo emitido por el gran amigo del gasto público no se han hecho esperar las reacciones de tirios y troyanos censurando la contradicción de su discurso anterior y su ejecutoria actual. ¿Y no era eso lo que reclamábamos? ¿No estábamos exigiendo que tomase el toro por los cuernos y diese un paso al frente? Rodríguez Zapatero lo ha hecho, pero su desgracia estriba en que en ese preciso instante se le recuerda todo lo que anteriormente había argumentado sobre la ideología, la política social y la estrecha relación entre el gasto y la recuperación económica. El argumento principal estriba en asegurar que las medidas se toman tarde y por ello son más lesivas que aquellas que se hubieran tomado en el momento adecuado, además de colegir que se toman por la presión insoslayable de la Unión Europea y del propio Obama: aun así sorprende que pocos o nadie reconozcan que nunca es tarde si la dicha es buena. Si se toman medidas, porque se toman; si no se toman, porque no se toman. Hoy puede más el análisis acerca del tiro que se ha dado en su propio pie que la conveniencia de los planes anunciados en el Congreso.
 
Es evidente que perezosear en la aplicación de contundencias conlleva un desgaste desesperante. Lo es, asimismo, que hacerlo de forma incompleta facilita el viejo aserto de que más vale una vez colorado que ciento amarillo. Y completa la triada el hecho de que adoptar decisiones de amplio calado social de un día para otro ofrece una imagen de improvisación y precipitación difícil de soportar. A lo decretado por el Gobierno de España le falta una consecuente reducción administrativa, burocrática e institucional fuera de toda duda, un adelgazamiento sustancioso en el cuerpo funcionarial de origen eventual, un recorte consecuente en las subvenciones a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales, una mayor claridad acerca de una futura subida de impuestos, y un propósito formal de abordar la imprescindible reforma laboral que permita descargar al Estado el compromiso ineludible de subvenciones por desempleo. Pero dicho lo anterior es también cierto que había que actuar con contundencia en las cuentas públicas en los terrenos que se ha actuado, a pesar de comprometer el crecimiento económico con recortes en la inversión pública y la más que previsible subida de impuestos. Es un fracaso hacer lo mismo que se ha dicho -hasta la saciedad- que nunca se haría, pero eso queda para la credibilidad electoral de cada uno y este es un momento en el que los cálculos demoscópicos deben estar fuera del terreno de operaciones. La pregunta que nos debemos hacer es si todo esto es imprescindible o no: la respuesta, a pesar de lo paradójico de los discursos anteriores, a pesar de la previsible conflictividad social que se esté engrasando en este momento, a pesar del origen forzado de la toma de decisiones, a pesar del tiempo perdido en demagogias improductivas, es que sí. Y siendo que sí, no tenemos más remedio que reconocer que mucho peor hubiera sido un escenario de nuevo vacilante, palabrero, demagógico y perverso como el que ha protagonizado hasta ahora el gobierno de nuestras entretelas.

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