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22 de febrero de 2013

El Coto de Antonio, impresdindible en Tenerife


 Siempre es buena cualquier oportunidad para viajar a las Islas Canarias. Las ofertas turísticas actuales resultan extraordinariamente competitivas y disfrutar unos días al sol del invierno

Siempre es buena cualquier oportunidad para viajar a las Islas Canarias. Las ofertas turísticas actuales resultan extraordinariamente competitivas y disfrutar unos días al sol del invierno del archipiélago puede resultar accesible a muchos bolsillos. Y Canarias tiene muchos lugares que descubrir.

Mi isla más cercana, por motivos familiares y otros que no vienen al caso, es la de Tenerife. Y en ella he pasado grandes momentos sentado en una mesa con mantel. O sin él. Mantel tenía el inolvidable Drago de Carlos Gamonal, en Tegueste, donde el puchero canario era una exhuberancia toda. Y no recuerdo que lo tuviera La Caseta de Madera, en Santa Cruz, donde Paco Poleo nos regaba el estómago de sabores de cherne, tollos, jareas, gofio y papas en el ambiente más singular de la isla, junto al mar, en plena fachada marítima que, al ser remodelada, se lo llevó injustamente por delante.

Y también lo tenía Casa Pancho, en Santiago del Teide, a la vera de su playa de arena negra, donde el desaparecido Mariano ofrecía excelencia canaria con mimo de viejo creador. Hace años que no paso por Pancho, con lo cual no me atrevo a sugerir nada. Pero sí que acudo, perseverante, año a año a El Coto de Antonio, en la capital, junto a su vieja y desvencijada Plaza de Toros. Voy en busca de la papa negra.

Canarias fue el puente entre ultramar y el resto del territorio nacional. En esa tierra recaló por vez primera la patata que, tal vez, llegara desde el Perú y que conformó la base de la alimentación isleña y peninsular durante años y años. Patatas de todo tipo se multiplican hoy en las islas y su confección en forma de “arrugadas” es el sello inconfundible de todo el territorio. Y como en todo, hay clases.

La papa negra, pequeña, como una castaña, dulce, con aspecto de trufa, amarillenta en su interior, es la cumbre. No es fácil encontrarla siempre. Cultivada en Campos de La Esperanza, por ejemplo, registra una demanda que hace que su precio sea inusual para un tubérculo que en cualquier parte se encuentra por cuatro duros. Le ocurre lo que al tomate raf, almeriense de La Cañada, que hay el que hay y a pesar de ser imitado es inimitable. Y no barato.

Cuando me acerco a Santa Cruz procuro asegurarme de que el gran Carlos Padrón, copropietario junto a Antonio García de esa estupenda casa, haya conseguido un buen acopio para deglutirlas junto al perfecto mojo picón que elaboran día a día –ojo, que no todos los mojos que se hacen por ahí son siquiera comestibles--. Es exquisito el conejo en salmorejo, el cabrito frito o cualquiera otra de sus sugerencias –por ejemplo un simple plato de patatas fritas de verdad con un picado de jamón por lo alto--, pero una ración de esa papa arrugada se hace inevitable. Jamás he comido otra igual. Regado todo por un Tanajara de la isla de El Hierro –vinos de uva baboso negro, en franco crecimiento--  hacen de esa visita un momento inolvidable. De hecho, cada viaje a la isla lo solvento sin salir de su comedor. Pagará en torno a los cuarenta euros, en función de lo que beba y coma, y saldrá con el convencimiento de haberle hablado de tú a la vida.

 

 


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