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7 de junio de 2013

La Navilla... y Marbella (I)


No está clara la relación directa entre alto poder adquisitivo de una población y alto nivel gastronómico de la misma.

No está clara la relación directa entre alto poder adquisitivo de una población y alto nivel gastronómico de la misma. Hay poblachos humildes en España que cuentan con un par de casas de comidas que ya quisieran en barrios de pitiminí, y hay colectividades ssstupendas que comen para darles con una sartén de canto en la frente. No es el caso de Marbella, una de las poblaciones más completas y sugerentes de toda España, una cita para aquellos que quieren sol, moda, cierto lujo, o bien tranquilidad, privacidad, ambiente de clase media. De todo hay en la población más famosa de España, la cual se desembaraza poco a poco de la imagen de casino de trincones que la actualidad le asignó recientemente. Marbella es muchas cosas más que la Operación Malaya. Y en ella se come bien, con buena y variada oferta para varios bolsillos. No todo son rusos gastándose millones en caviar en un restaurante de lujo cerrado exclusivamente para ellos. Uno puede, por ejemplo, saborear fritura de pescado inenarrable en el Bar Ceuta, en el casco antiguo de la ciudad, o las elaboraciones de cocina cotidiana sublime que prepara Reyes en El Estrecho, no muy lejos del anterior. O acercarse a Santiago, la casa del excelente empresario y persona Santiago Domínguez, artífice en compañía de otros del despegue marbellí, hombre del que no hay que dar apellido cuando se pronuncia su nombre: todos saben quién es. Su agrado, cordialidad, eficacia, bonhomía y acierto en la elección de producto hacen de su casa un lugar encantador.

 

Pero hoy me dedico a los hermanos Pedraza, Miguel y Manuel, que tocan la cumbre desde su restaurante La Navilla. Es una elección con la que nunca te equivocas, allá a la espalda del Centro Comercial del Mar, en el paseo Marítimo, con terraza sobre el agua que invita a saborear el verano eterno de Marbella. La Navilla era y es el nombre de la finca familiar que el padre de ambos adquirió después de muchos años de trabajo en Alemania. Montilla, en Córdoba, fue su cuna y de su cocina partió el estilo que ahora han encumbrado después de haber pasado por las cocinas de varios negocios, en el Hotel Los Monteros o en Mijas. ¿Y qué cocina es la cordobesa de los Hermanos Pedraza?: la que evoca productos propios de esa provincia, complementada con los productos del mar que día a día buscan y rebuscan en los mejores proveedores. De Córdoba traen el Rabo de Toro y buenas carnes de Los Pedroches, pero de la costa han desarrollado una merluza en salsa verde que sigue siendo la mejor que he deglutido. Y arroces melosos y caldosos suculentos, y extraordinarios pescados y productos de sencilla elaboración donde se aprecia la mano maestra de Manuel. La bodega es recoleta pero exquisita.

La variedad de la oferta marbellí es envidiable, como decía un poco más arriba, e incluye desde la ruin barca hasta el palacio suntuoso y con pretensiones donde te atizan un zurriagazo indecente a cambio de una comida mediocre que solo complace a los partidarios de las posturitas y floripondeo. El Puerto Pesquero, por ejemplo, goza de dos o tres acudideros donde el pescado es frito con mimo de orfebre florentino. Algún cobertizo playero otrosí. Y, por encima de casi todo, lo que será dedicación de la semana próxima: El Ancla, a la vera de Guadalmina, en la misma playa, en la que Eduardo y Manolo ofrecen calidad en producto y en manufactura. Pero no adelantemos acontecimientos. 

 

 

 


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