28 de noviembre de 2014
 
   
     
     
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El Semanal  23 de noviembre de 2014

Cocido lebaniego con Pilar y Beato al fondo


AMPLIARLa de Liébana es una comarca decididamente hermosa y esquinada en la Cantabria de los asombros. Su acceso al mar, a Unquera, por ejemplo, no fue posible de manera medianamente efectiva hasta bien entrado el siglo XIX, que es cuando fueron concluyendo las obras de la carretera que recorría el desfiladero de la Hermida, siguiendo el curso del río Deva. Antes de construir ese camino que hoy sigue siendo un paseo fascinante entre la roca caliza de los Picos de Europa, los lugareños atravesaban senderos y desfiladeros con mulas o tartanas, haciendo ello que Liébana mirase mucho más hacia atrás que hacia delante, más hacia lo que hoy es Castilla y hacia León que a su propio mar. En Potes, su capital, la Fiesta del Orujo reúne cada año a miles de personas que se dejan caer por su trazado de piedra y agua a disfrutar de las varias cosas que puede un humano hacer mientras hay luz del día. Incluso cuando no la hay.

Probar el cocido lebaniego que manufacturan en el restaurante del hotel Valdecoro, por ejemplo, que es una demasía de ricura, un guiso de interiores con garbanzos de Potes, berza, morcillo, chorizo, tocino, huevos, relleno y su sopa de fideos. Turbador el que comí aquel mediodía de sábado sentado junto con Pilar G. Bahamonde, la sabia y joven traductora de la historia y la vida que vela por la memoria de Beato de Liébana. Pilar sabe lo que se esconde detrás de cada piedra desprendida de todos los Picos que amurallan Liébana. Pilar vela por la Torre del Infantado, visita imprescindible si usted se adentra en una comarca privilegiada y rocosamente verde como la lebaniega. Ahí es donde se vela la memoria y obra de Beato de Liébana, una gran figura de la Iglesia hispana y europea. Vivió en el siglo VIII y fue abad de Santo Toribio de Liébana, a escasos tres kilómetros de Potes camino de Fuente De, el IV Lugar Santo Jubilar de la Cristiandad (con Roma, Jerusalén y Santiago). Allí se venera desde vaya usted a saber cuándo el Lignum Crucis más grande de la Cruz de Cristo. El lugar es deslumbrante y merece la pena ser visitado. Beato fue el creador e impulsor del culto a Santiago Apóstol, del que aseguraba había predicado en España basándose en sus estudios de la Patrística. A los pocos años, Teodomiro arzobispo de Iria Flavia descubrió el sepulcro del Apóstol, o eso dijo él, y todo lo demás vino después. Si lo que encontró era el Apóstol o no, como comprenderán no lo vamos a discutir ahora con la que hay montada. El propio rey Alfonso II el Casto fue el primer peregrino desde Oviedo y mandó levantar un templo en su honor. A partir de ahí, millones de personas le seguimos cada año.

Beato fue el autor de uno de los libros más copiados a lo largo de toda la Edad Media: Comentario al Apocalipsis de san Juan. Sus ilustraciones o miniaturas influyeron decisivamente en iglesias y catedrales a lo largo del Camino. Sus imágenes salían al paso del analfabetismo de la población explicando la lucha entre las fuerzas del Mal y las triunfales del Bien. Su libro recorrió decenas de monasterios, donde fue copiado pacientemente por pobres monjes que sufrían calamidades: escribían con pluma de ave, realizaban la tinta con pigmentos tóxicos que los envenenaban poco a poco y copiaban pacientemente el libro con los rigores del invierno en el interior de pétreos muros de gélidos cenobios. Angelitos míos. Hoy el testimonio y copia de esos libros desperdigados por el mundo los que quedan, claro está en esa Torre del Infantado, sobre las aguas del afluente del Deva, al cuidado de Pilar y de la excelente exposición que allí puede verse.

Guardo del calor íntimo del orujo y de la explosiva virtud del cocido un recuerdo cercano al éxtasis. Como del carpaccio de caza que me administró de noche la gente del Urogallo, en Camaleño, a muy pocos kilómetros de Santo Toribio y el mismo Potes. Como del tiempo de verano en que anduve esa tierra por Pandetrave, allá en las cumbres, camino de Portilla de la Reina en el conocido como Camino Vadiniense. Que también ha arreglado y urbanizado Pilar, por cierto.


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