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7 de marzo de 2019

El crimen de Don Benito

En 1902 hubo un crimen en Don Benito (Extremadura) 

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Diego Martínez nos trae un nuevo caso de la historia negra de España: El crimen de Don Benito 

A principios del siglo XX en 1902 hubo un crimen en Don Benito, un pueblo de Extremadura que catalizó todas las tensiones de la época. Relatos los hechos tal como los recoge el ABC del día 20 Noviembre de 1903 en su crónica de la vista de la causa en Don Benito un año después de ocurridos los hechos.

Según el relato del fiscal, los hechos son los siguientes:

En la noche del 18 al 19 del mes de Junio del año de 1902, Carlos García de Paredes, que desde hacía tiempo venía persiguiendo y requiriendo de ilícitos amores á la señorita Inés María Calderón, aunque sin resultado, reuniéndose con Ramón Martín de Castejón, que sentía iguales deseos por la misma, los cuales ya se habían comunicado en vanas conferencias que habían tenido, así como el propósito de realizarlos violentamente, decidieron, buscando de propósito esta noche y hora, llevarlos definitivamente á cabo, acordando emplear en su ejecución cuantos medios estuvieran á su alcance, por muy extremos y violentos que éstos fueran; y dirigiéndose al efecto á la calle de Padre Cortés, se avistaron con el sereno Pedro Cidoncha, que prestaba servicios en aquel distrito, y participándole su pensamiento, les ofreció su cooperación, alejándose de aquel sitio donde estaba, con objeto de que aquellos llamaran en la casa. núm. 23, y así practicándolo en la puerta de la misma el Castejón, como amigo íntimo de la familia, y pretextando que iba por la caja-botiquín del médico D. Carlos Suárez, que en una de las habitaciones tenía doña Catalina Barragán; pero aquélla se negó á darla, y ante esta contrariedad, acudieron de nuevo al sereno para que llamara, y éste se prestó á ello, retirándose entonces y escondiéndose el Paredes y el Castejón en uno de los ángulos ó rincones que hace la calle.

El sereno se acercó y llamó á la puerta ya indicada, contestando desde dentro doña Catalina:

– «He dicho que mi puerta no se abre, y no abro-»

A lo cual contestó aquél:

– «Abra Vd., señora. Catalina, que soy el sereno, y eso es muy preciso.

Persuadida de que era el sereno acopió la caja y abriendo la puerta de la casa se la entregó.

En esta situación, Cidoncha, el sereno, buscando un medio para alejarla, le pidió un poco de agua, y retirándose doña Catalina al interior de la casa para traerla, aprovechando estos momentos de estar solo, hizo señas á Paredes y Castejón para que se aproximaran y entraran.

Dentro del zaguán ya éstos, volvió doña Catalina con el agua en una copa de barro. El Paredes y el Castejón, súbitamente y con abuso de superioridad, por ser dos ellos y sólo ella, se abalanzaron sobre la misma, causándola con un instrumento cortopunzante varias heridas, cuatro mortales de necesidad, falleciendo instantáneamente.

Desembarazados ya de este obstáculo, se dirigieron Paredes y Castejón á una de las habitaciones interiores de la casa donde con su madre dormía Inés, y encontrándola cerrada con una aldaba por dentro, abrieron las puertas violentamente, y dirigiéndose á ella, que se hallaba ligeramente vestida en traje de cama, comenzaron á solicitarla sin resultado, infiriéndola varias lesiones en la, frente y otros sitios para amedrentarla, no consiguiendo sus propósitos, á pesar de los esfuerzos materiales que para ello hicieron.

Maltratada y así herida la joven Inés, se dirigió precipitadamente á una habitación inmediata, escondiéndose bajo una cama que en ella había; perseguida y acosada por aquéllos, la sacaron y arrastraron dé la misma, y continuando en su sangrienta labor, la infirieron nuevamente otras varias heridas hasta él número de veintiuna, y falleciendo á los pocos momentos como consecuencia de tanto martirio.

Un feo crimen perpetrado por el típico señorito, ante el “desprecio” de una mujer de procedencia más humilde.Lo que en principio pareció un feo caso de violencia machista se convirtió pronto en un importante problema político debido a la indignación del pueblo. Las muertes ocurrieron el 19 de julio de 1902, en una casa situada en la calle Padre Cortés, una vivienda modesta, ocupada por una viuda, cuyo marido había muerto hacía poco y su hijo se encontraba cumpliendo el servicio militar en Sevilla y con una hija, que salían adelante cosiendo y planchando, y alquilando una de las habitaciones a un médico oculista de la vecina Villanueva de la Serena, que atendía allí a sus pacientes.

Lo descubrió una lechera que después de llamar reiteradas veces sin obtener respuesta, entró en la vivienda, pues la puerta estaba abierta, para encontrarse con el cadáver de la madre, Catalina Barragán, de cerca de 60 años, en medio de un charco de sangre.

La lechera, corre a avisar a la Guardia Civil que descubre muerta en el segundo dormitorio a la hija, Inés María Calderón Barragán, una joven de unos 18 años según los gustos de la época muy atractiva. Se encontraba sobre la cama con la cabeza colgando hacia el suelo, las ropas en desorden y las manos entre los muslos, en la actitud característica de una mujer que se defiende de un ataque sexual. Le habían dado veintiuna puñaladas.

En el lugar había múltiples señales de violencia, y sangre por las paredes. La madre había sido apuñalada, y tenía la cabeza destrozada a golpes. Durante la inspección ocular los agentes encontraron en el suelo un vaso de loza y un maletín médico caído a los pies del primer cadáver, en el zaguán.

Inicialmente las sospechas se dirigen hacia el médico Carlos Suárez, quien un testigo anónimo acusa de mirar con deseo a la hermosa Inés María y hacia un enamorado de la joven asesinada, Saturio Guzmán.

Ambos sin mayores pruebas son detenidos en uno de los mayores errores de la actuación de la Guardia Civil. Sin embargo por el pueblo corre la voz que el asesino García de Paredes.

Carlos García de Paredes era el prototipo de un cacique local. Soberbio, estirado, soltero, alto, fanfarrón, sin oficio ni beneficio, el prototipo del “señorito”.

Tenía 32 años, al que no se le conocía más ocupación que el juego de naipes y en los meses previos al asesinato había estado asediando, a la joven asesinada, que siempre le había rechazado.

Pese a su fama de violento, supuesto se le suponía autor del apaleamiento de un sereno, violador de una deficiente e incluso autor de una puñalada a su propia madre, “Don Carlos”, tenía las suficientes influencias y tierras para que la autoridad no le investigara con la misma “atención“, que utilizaba con un médico desconocido y un mozo sin más fortuna que su trabajo.

Todo ello hacía aumentar el clamor de la gente, al que la policía hacia oídos sordos, mientras sometía a los detenidos a rigurosas sesiones de “tercer grados” con el fin de “encontrar un culpable” cuanto antes, pues el Gobierno, que temía un levantamiento popular, dado su grado de indignación, solicitaba “la solución” del caso con toda urgencia.

Así estaban las cosas y así u hubieran seguido posiblemente si 44 días después de los hechos no hubiera aparecido un testigo de lo ocurrido. El 1 de septiembre, se presentó un testigo sorpresa, el joven labrador Tomás Benito Alonso Camacho, que afirmó ante el juez, haber visto a los asesinos, dos, entrar de madrugada de la noche de autos en la casa de Catalina Barragán.

Él regresaba a su casa y vio al sereno Pedro Cidoncha, que se encontró con dos hombres; que después de hablar, se dirigieron a la calle Padre Cortés, donde se pararon delante de la casa de la viuda. Tomás les saludó al pasar y siguió su camino, pero el comportamiento de los tres le pareció extraño y se puso a observar oculto tras un carro de esteras.

Desde vio cómo doña Catalina se resistía a abrir la puerta, y cómo el sereno la convencía diciéndole que era urgente. Cuando finalmente la mujer abrió la puerta el sereno le pidió un poco de agua, y aprovechó que iba a buscarla para hacer una señal con el farol a los que estaban escondidos en la esquina, que sin hacer ruido se metieron en la vivienda. El sereno cerró la puerta tras ellos y siguió tranquilamente su ronda.

Había buena luna, y pudo ver claramente la cara de los tres hombres. En un reconocimiento identifica sin ninguna duda a Carlos García de Paredes como el que primero se coló en la casa, y también al sereno Cidoncha. El testigo indica que el acompañante de “Don Carlos”, era un hombre maduro, gordo y con el pelo blanco.

Cuando se le pone delante a un cincuentón, Ramón Martín de Castejón, amigo de correrías de Paredes, pese a ser mucho mayor, le reconoce. En su casa se encontrarían unos pantalones con manchas de sangre, que no habían salido pese a varios lavados. Se sabe también que, en otros tiempos, Castejón pretendió a la viuda asesinada sin éxito.

Se supo que la joven, herida y todo, logró desasirse de sus verdugos y refugiarse en otra habitación, metiéndose debajo de una cama. Los dos asesinos la persiguieron y la sacaron de su escondrijo, arrastrándola por los pies é infiriéndola veintiuna heridas, todas ellas en la cabeza, de las que murió.

Los asesinos, para burlar la acción de la justicia, saltaron por la ventana para hacer creer que habían entrado por ella, dejando también huellas de sangre.

El testimonio de Camacho pone entre rejas a los asesino a la vez que libra de su horrible encierro a los presunto implicados hasta el momento Saturio Guzmán y el médico Carlos Suárez. El médico queda tan afectado que no volvió a ser el mismo de antes del suceso. Saturio nunca pudo olvidar a Inés, a quien, pasados los años, le dedicó una habanera muy sentida que empezaba: “Lenguas infames quisieron mancharte…”

No se sabe por qué tardó tanto en contarlo, él alegó que su madre estaba delicada de salud, como dijo, pero probablemente fue por miedo al cacique pues había ofrecida una recompensa de 500 pesetas, equivalente al valor de una pequeña finca en su tiempo.

Se detiene finalmente a Carlos García Paredes, su criado Juan Rando (se le acusaba de haber querido limpiar las manchas de sangre encontradas en un traje de su señorito), el sereno Pedro Cidoncha y Ramón Martín de Castejón. Todos negaban su participación en el crimen y proclamaban su inocencia.

Llevados a juicio, el 18 de noviembre de 1903 Paredes y Castejón recibieron dos penas de muerte. El sereno fue condenado a cadena perpetua, y el criado de Paredes quedó en libertad sin cargos. El juicio fue seguido con gran expectacion por la población de Don Benito como nos demuestran el aspecto de la sala y el exterior de los juzgados.

Pasado un tiempo prudencial donde la familia de “Don Carlos” pidió clemencia sin ser escuchada, se dictaron las sentencias de forma definitiva y 5 de abril de 1905, el verdugo de Cáceres, ejecuto mediante garrote vil a Paredes, que en el patíbulo perdió los nervios hasta el punto de orinarse de miedo. Más triste fue el final de Castejón, que debido al bocio que padecía tenía el cuello muy grueso, por lo que fallo el garrote por tres veces , mientras el reo se revolvía, e insultaba a los presentes.

De este suceso se hizo una película en 1988, Jarrapellejos, protagonizada por Antonio Ferrandis, con guión de Felipe Trigo, que se inspiró en este crimen.

También hay una capítulo del programa de televisión La Noche del Crimen llamado “El Crimen de Don Benito” Dirigido por Antonio Drove, con Fernando Delgado, Emma Penella, Gabino Diego.

Como muestra de la impresión que marcó este suceso entre el pueblo recojo dos versiones de una copla que se recoge en diversos romanceros populares, una versión corta y otra más completa de lo que debió ser en principio la misma copla.

Recientemente Don Benito ha tenido el dudoso honor de ver en vuelto su nombre con un crimen, que nada tiene que ver con este, cuando un individuo cometió tres homicidios en un club de alterne de la localidad.

 

 


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