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7 de febrero de 2017

Entrevista a Landelino Lavilla

Libro: "Una historia para compartir: Al cambio por la reforma 1976-1977"
Autor/s: "Landelino Lavilla"

"El Rey me llamó para saber mi criterio de cómo abdicar" 

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COPE

Landelino Lavilla, ex Presidente del Congreso de los Diputados, ex Ministro de Justicia con UCD y autor de “Una historia para compartir” 

COMPRAR EL LIBROLandelino Lavilla -ministro de Justicia (julio de 1976 a marzo de 1979) y presidente del Congreso de los Diputados (marzo de 1979 a noviembre de 1982) - selecciona el período transcurrido entre julio de 1976 y junio de 1977 como referencia nuclear de su exposición en este libro.

A dicho periodo corresponde el primer Gobierno de Adolfo Suárez, que fue de importancia capital en la configuración de la Transición y que ha sido escasamente atendido en la bibliografía existente, no obstante estar previstos en él, ya fuera en germen o en gestión, los aspectos clave de todo el proceso. Desde el punto de vista jurídico-formal, la Transición comenzó con la proclamación de Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975 y finalizó con la sanción por el Rey de la Constitución Española el 27 de diciembre de 1978.

Entre uno y otro momento, fueron hitos de especial significación el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno (3 de julio de 1976), la aprobación de la Ley para la Reforma Política (sesión de Cortes del 18 de noviembre y referéndum del 15 de diciembre de 1976), las primeras elecciones generales (15 de junio de 1977) y el marco consensual -del que fueron referente arquetípico los Pactos de La Moncloa- en el que se desarrolló el proceso constituyente cuyo momento cenital fue la aprobación de la Constitución por el pueblo español en el referéndum de 6 de diciembre de 1978.

Una pluralidad de decisiones políticas y de instrumentos jurídicos fueron conduciendo el proceso de transición. Landelino Lavilla reflexiona sobre todo ello en estas páginas como sólo puede hacerlo quien tiene conocimiento directo de unos años cruciales para la democracia española.

 

ABC

«La Transición se cierra con el traspaso del poder a los socialistas»

 

Una semana antes de cumplir 82 años, Landelino Lavilla me confesó en el Consejo de Estado, que meditaba si publicar las memorias de un año crucial en su biografía y en la configuración de la Transición, sobre el primer Gobierno de Adolfo Suárez. Seis meses más tarde, da el paso con «Una historia para compartir. Al cambio por la reforma (1976-1977)», editado por Galaxia Gutenberg.

Una historia contada «entre puntos suspensivos», detenida obstinadamente en ese año, que recuerda a modo de hipérbole, día a día. Sus conversaciones y despachos con Suárez desde que le confiesa que «si fuera presidente, estaría en el Gobierno y no haciendo dictámenes». Una relación de mutua confianza hasta en sus desavenencias, donde el presidente le hace continuos envites a su ministro de Justicia para buscar soluciones inéditas en la organización jurídica de la Transición.

-¿Se le están buscando las costuras a la Transición?

-Ese es el origen del libro, como juega la memoria, como el pasado penetra en el presente y prefigura el futuro. Nosotros tomamos posesión el 8 de julio, y el 16 hicimos la declaración programática del Gobierno, donde estaba perfilado el esquema de la Transición. Nada fue fruto de la improvisación. Aprobamos la Ley para la Reforma Política, suprimimos el Tribunal del Orden Público, creamos la Audiencia Nacional, se convocaron elecciones? Siempre se amputa ese primer año. ¿Acaso creéis que todo empezó el día que entrasteis en el Congreso, mirasteis los frescos y tomasteis posesión de los escaños?

-Se encerraron durante todo el mes de agosto de 1976 para sacar adelante la Ley para la Reforma Política, y al término de cada reunión se quedaba con todos los papeles.

-Por una cuestión de sigilo, para que no hubiera filtraciones la documentación estuvo permanentemente en mi poder. Cuando el 10 de septiembre hicimos pública la Ley fue una sorpresa tremenda. No llevábamos ni dos meses en el Gobierno. A mí Adolfo me entregó un papel doblado con un borrador de proyecto. Como soy el encargado, hago y deshago en reuniones conjuntas. Todo eso de que Torcuato Fernández-Miranda se fue a Navacerrada y lo escribió en un fin de semana, lo haría, pero el guión de los cambios estaban en la conferencia política que pronuncié en el Club Siglo XXI en enero de 1976.

-Estamos como si estuviéramos en 1976, a vueltas con las dos Españas?

-Por eso se llama «Una historia para compartir». Ahí está reflejada la voluntad de entendimiento de las dos Españas, de compartir un sistema constitucional en el que quepamos todos, sin abrir nuevos abismos de discrepancia. Todo empezó en 2003, cuando gana el tripartito en Cataluña y se quebró la convivencia. Con Maragall en Cataluña y Zapatero en el PSOE, después de llevar 25 años con el sistema, querían cargarse la Constitución y empezar de cero. Fue una acción deliberada de descarrilamiento del orden democrático social que habíamos construido.

-Una de las reivindicaciones legítimas de la Ley de la Memoria Histórica es que no sigan en España cadáveres enterrados en cunetas.

-Hay muchos aspectos de esa Ley que están muy bien, aunque ese proceso no se puede hacer con aires de revancha. Si recuerdas «Las bicicletas no son para el verano» de Fernando Fernán Gómez, termina con una escena en el que un niño le dice a su padre, interpretado por Agustín González: «¡Papa, papa! ¡Ha llegado la paz!». Y éste le responde: «No hijo mío. Ha llegado la victoria». Toda nuestra operación era romper con esa dualidad de vencedores y vencidos. Por eso nos sentamos a negociar ambos en la misma mesa.

-Cuenta cómo fue la renuncia de los derechos históricos de Don Juan de Borbón.

-El acto de renuncia de Don Juan fue políticamente delicado, porque los juanistas pensaban que se hacía vergonzantemente. ¿Cómo creían por muy monárquicos que fueran que podíamos organizar aquel acto con una cobertura oficializada? Tuvimos que buscar una fórmula, la más simple de todas, un notario que diera fe y el acta se entregó en el ministerio de Justicia.

-La historia se repite como si fuera justicia poética, y el Rey Juan Carlos tuvo que abdicar y entregar el legado histórico en su hijo Felipe VI.

-¿Quién crees que hizo el desarrollo de la abdicación? -confiesa en voz baja-. Un día me llamó Rafael Spottorno diciéndome que el Rey quería hablar conmigo. Durante la conversación, me confesó que estaba pensando en abdicar. Le pregunté: «¿Se trata de que usted me da sus ideas y quiere saber mi criterio o por el contrario su Majestad ha decidido abdicar y me está preguntando cómo se hace?». Me respondió: «Esto segundo». La Ley Orgánica sobre la abdicación está hecha con un artículo y una disposición final.

-¿Quedan todavía secretos de Adolfo Suárez sin contar?

-Había muchos despachos que solo lo conocíamos Adolfo y yo. En ese sentido, nos guardábamos una reserva total, y cuando salía el tema, nos mirábamos con complicidad. Mi conclusión, es que habrá otros temas que Adolfo sólo trataba con otros ministros con una relación similar a la mía.

-Fraga movilizó al «franquismo sociológico» creyendo así que ganaría las elecciones al frente de la derecha.

-El papel histórico de Fraga en contra de su criterio fue incluir en el esquema de la Constitución a toda la derecha reticente respecto al sistema democrático. Eso se lo he brindado a Fraga en público y entraba en cólera. «Lo que hacéis vosotros es lo que tendría que hacer yo». Y lo mismo sucedió con Santiago Carrillo. Estaba tan al margen, que cuando le contamos que su papel sería cerrar por la izquierda el espectro electoral, aceptó encantado. Fue una operación que integró a los dos bandos.

-En «Una historia para compartir» narra sus discrepancias con Rodolfo Martín Villa de expulsar a Santiago Carrillo de España.

-Todavía hay gente que no lo comparte. Era un grave error «poner a Carrillo en la frontera» como se me dijo gráficamente. Si se le expulsaba, entraría otro día. Íbamos a tener manifestaciones y campañas. Una vez dentro, era la oportunidad de normalizar una situación. A las tres de la madrugada Martín Villa me contó que habían seguido mi criterio. Carrillo fue puesto en manos de un juez, y no sufrimos ningún desgaste.

-¿Cuándo se quebró la relación de confianza entre Suárez y usted?

-Una vez aprobada la Constitución, empezaron a entrar en juego otras personas, con otras posiciones. Creo que les molestaba nuestra relación y no querían que siguiera. Hay un episodio durante la investidura de Adolfo en 1979, cuando soy presidente del Congreso, que le aconsejaron no seguir mis planteamientos. Le daban la matraca en cuanto dejaba de hablar conmigo, de que eran cosas de Landelino. Era un peso pesado y en el jueguecito de las intrigas no entraba.

-¿Le quedó un regusto amargo el final de la UCD consiguiendo tan solo 12 escaños en 1982, después de haber sido un partido de Gobierno?

-Esas elecciones las presidí y las perdí yo, porque Adolfo no quiso volver y Leopoldo se negó y me echó un órdago: «O te haces cargo del partido o renunció a la presidencia del Gobierno». ¡Le pesaba ser presidente del partido! En mi diseño de los tiempos, teníamos que traspasar el poder a los socialistas pacífica y ordenadamente, con Felipe González y el Rey Juan Carlos. Eso es lo que cierra la Transición.

 


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