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2 de noviembre de 2018

Garabatos en las tumbas


Franco no es el problema de España. El problema está en la izquierda que lo desentierra

UN cretino autoconsiderado artista, aunque de escasa o nula proyección, se volcó anteayer sobre la sepultura de Franco para pintar lo que él consideraba una paloma de La Paz y unas palabras alusivas a la libertad, que no sé, en verdad, si llegó a escribir, pero que en el aire o en la losa quedaron. El sujeto, con algunas «performances» extemporáneas a sus espaldas, dijo haber realizado dicho vandalismo con el ánimo de «ayudar a la reconciliación de todos los españoles». Bien. Fue detenido, puesto en libertad y algún día puede que responda de su acción ante algún juez. De estar en vigor la legislación que pretende impulsar el tándem PSOE-Podemos, al sujeto en cuestión le darían una beca para cursar estudios de escultura en la misma Francia, pero de haber realizado la acción contraria en la estatua que Largo Caballero –el «Lenin español»– tiene en la Castellana, escribiendo cualquier cosa acerca de los españoles y su entendimiento, al gilipollas en cuestión le caería la mundial.

La acción de este pobre tonto es la primera profanación manifiesta –más allá de lo que murmulle cada uno de los que se plante delante de la losa que sepulta a Franco– que se produce en cuarenta años en la Basílica del Valle de Los Caídos. Me consta que muchos albergaron sentimientos muy contrarios a los que inspira esa tumba, pero en virtud del progreso de los tiempos, se limitaron a expresarlo en privado y no a abalanzarse sobre la sepultura de su enemigo. Muchos más apostaron por superar escenarios perfectamente olvidables y escribieron páginas de reconciliación admirables: cesó el pasado, que lo analicen los historiadores, que nos pregunten lo que quieran, pero vamos a vivir sin la asfixia del enfrentamiento permanente.

Desde la llegada de la teoría revisionista de Rodríguez Zapatero, según la cual había que volver al maniqueísmo de los buenos y los malos, creció en España el rebrote del guerracivilismo y de la reactivación de todas las revanchas pendientes. Así se ha dado el caso de que un imbécil que tenía apenas cinco años cuando murió Franco, se sienta en la obligación de ajustar cuentas con el pasado y actuar en pos de la «reconciliación», tal como señalaba un poco más arriba. Los españoles, habría que decirle al sujeto, actuaron en la segunda década de los setenta con una extraordinaria generosidad al objeto de superar pendencias antiguas para poder trabajar mirando al futuro, empezando por los comunistas, que dieron una lección de patriotismo y realismo sin precedentes, aguantando provocaciones –y asesinatos– y aceptando Corona y Bandera con tal de caminar hacia la concordia y la democracia. Resulta sorprendente que ahora, cuarenta y tres años después de que se enterrara a aquél señor bajo una losa de cientos de kilos, un gobierno dedique sus horas a tensionar a la población y a hacerle creer que su verdadero problema reside en que una momia determinada repose en un mausoleo a cincuenta kilómetros a de Madrid. Sorprendente, a su vez, que dedique sus esfuerzos diplomáticos a que el Vaticano impida enterrar ese cuerpo en una cripta familiar en una iglesia de la capital. Y sorprendente también que quiera hacer creer a todos que el franquismo –el movimiento que albergaba a los seguidores de aquél señor– sigue vivo en las esquinas y que el enemigo solo podrá ser vencido disolviendo sus cenizas y haciéndolas desaparecer. Franco no es el problema de España, desengáñense los nostálgicos del antifranquismo tardío.

El problema de España está en la izquierda que lo desentierra, que improvisa cómo hacerlo, que no tiene calculado plan alternativo alguno y que insiste, de forma machacona, en considerarnos a todos tan idiotas como los que están dispuestos a gastar pintura en garabatear la tumba de personas de las que nadie se acuerda.

 

 


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