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29 de septiembre de 2017

Hay días en lo que uno no sabe qué escribir


Hay lectores que me dicen que en Andalucía o Asturias pasan cosas que merecen ser contadas

CRÉANME, llevo la tarde entera escudriñando otros asuntos de los que escribir. He parado en el tétrico caso de los dos muchachos asesinados en un pantano, pero sólo conozco conjeturas sueltas. Me queda ya lejos el viaje de Rajoy a Washington y el homenaje que le ha dado Trump, que le hizo el favor, incluso, de no hablar demasiado. Parece interesante el debate sobre la dimensión de la banca europea, pero no resulta demasiado atractivo, como no lo parece el trajín que afrontará Merkel para formar gobierno. Hay un porrón de lectores que me dicen que en España hay muchos más asuntos y que en Andalucía o Asturias pasan cosas que merecen ser contadas. Y tienen razón, pero, finalmente, hay que atender el tema único, el que hace que coincidamos todos los columnistas, más verdes, más rojos o más amarillos, alarmados por la gravedad del caso: Pasión de Catalanes. Ni siquiera la aparición de los Stones en Barcelona me permite esquivar el asunto único.

Da la sensación, visto desde fuera, que Barcelona sería una ciudad escenario de un típico ambiente pre-revolucinario, con barricadas en las calles, toque de queda y disturbios en cada esquina. Y no lo es, ciertamente, pero sí es, en medida más dispersa que ciudades pequeñas o determinados pueblos donde todo se concentra, escenario de un asalto de origen institucional a la legalidad, en el que la única victoria que le cabe a los organizadores es hacer visible la concentración masiva de personas ante las urnas selladas. Cuando algunos me preguntan qué creo que habrá de acaecer este domingo les contesto que no veo un referéndum por ninguna parte, a pesar de la contumacia, y sí alteraciones severas del orden público. Una masa de excitados activistas representantes de un «pueblo que busca su libertad» ocupará lugares relevantes sabedores de que siempre les acompañará una cámara: estudiantes debidamente aborregados en las «madrassas» nacionalistas y tropa común de la ANC, basura antisistema invitada para la ocasión –lo mejor de toda Europa, incluido el País Vasco– y otros chiringuitos subvencionados saldrán a la calle olisqueando urnas y defendiéndolas como si les fuera la vida en ello. La pregunta es cómo lo harán las fuerzas de orden público para impedir votación alguna tal y como les ha ordenado el juez, habida cuenta de que esa tarea le corresponde a los Mossos de Trapero, el que irresponsablemente suele ponerse a resguardo cada vez que se le pregunta por ello. El jefe de la tropa sabe que no tiene más remedio que obedecer las órdenes del TSJ, pero, acostumbrado a los equilibrios, buscará una forma de que no parezca que lo hace, aunque lo haga a medias. Vean ustedes la paradójica situación: los que organizan la votación ilegal, forzando todo tipo de materiales hasta la fatiga, son los que lamentan que pueda haber problemas de orden público. ¡Con lo fácil que sería no haber organizado este chocho!

Quedan dos días de presión y mentiras feroces, atroces. Dos días, hoy y mañana, para visitar vecinos planta por planta y recordarles cuál es el papel de los buenos catalanes, para telefonear a voleo y aconsejar a quien descuelgue –de quien se tiene nombre y filiación gracias a que alguien ha distribuido datos confidenciales– dónde debe acudir a votar, para seguir sacando a los niños de romería con la esperanza de que caigan por una toma de TV3, para insistir a los que tengan llaves de institutos que las pongan a disposición de «la autoridad» y tal y tal. Dos días para instruir definitivamente a la gente sobre cómo tiene que hacer las colas para que parezcan abrumadoras: llegar a las 7 y esperar a ver qué pasa. Todo un disparate.

Como les digo, hay días en los que no sabe uno de qué escribir.
 

 


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