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20 de enero de 2017

Del 44 al 45


Aún no ha alcanzado el Despacho Oval y ya hay millones de personas que manejan la posibilidad del «impeachment»

DENTRO de unas horas, el 45 presidente estadounidense pondrá su mano sobre la Biblia y jurará su cargo. Estados Unidos, paradigma de tantos avances científicos, sociales e intelectuales, es un país en el que, paradójicamente para algunos, no se concebiría que su jefe del Estado no jurara solemnemente sobre las Sagradas Escrituras, sea católico, protestante o absoluto ateo. Ya veremos qué pasa cuando gane la presidencia un musulmán, pero de momento la ceremonia es la que es, y al que no le guste que no se presente.

Los norteamericanos citan a Dios con frecuencia y lo invocan de forma oficial sin que ello suponga el escándalo que provoca aquí en algunos cretinos que un cargo público jure en lugar de prometer. Ello no les resta vanguardismos evidentes: el reciente embajador en España, James Costos, ha desarrollado su trabajo de representación acompañado en todo momento por su pareja, un decorador amabilísimo que se ha enamorado de Madrid, por cierto. Pero iba a otra cosa. En la explanada que se tiende a los pies del Capitolio se dan cita miles de personas. Todas llegan en metro y pasan unos tres controles aproximadamente. Aguantan por igual el interminable tiempo de espera y el espantoso frío de enero de Washington. Todo para asistir a la toma de posesión del tipo al que, presumiblemente, han votado. Y ese hombre que hace el número 45 podrá presumir de haber sido recibido con la mayor hostilidad que en la historia le ha deparado la afición a un presidente electo. Congresistas demócratas que anuncian su ausencia, artistas de relumbrón que niegan su presencia para cantar el himno, diseñadores que se escaquean para no coserle el traje a la esposa (al final Armani cedió y lo explicó brillantemente) y manifestantes de todo jaez que convocan varias marchas de protesta.

Tras jurar y tomar el relevo en la Casa Blanca, llegada la noche, el presidente y su esposa bailan para unos cuantos elegidos al son de artistas de primera fila. Hace cuatro años tuve la fortuna de ser invitado al Baile del Presidente y los 44 bailaron lo que les cantaban Alicia Keys, Smokey Robinson, Jennifer Hudson y Jamie Foxx, que yo recuerde. En esta ocasión, el 45 ha logrado un puñado de artistas que solo conocen los muy iniciados y que en ningún caso incluye luminarias de renombre.

Aún no ha alcanzado el Despacho Oval y ya hay millones de personas que manejan la posibilidad del «impeachment», es decir, del despido fulminante, para quitarlo de la circulación, medida extrema que casi se tomó con Clinton cuando mintió sobre sus magreos con una becaria en la misma silla de Kennedy, por poner un ejemplo. Solo un pequeño paso intermedio limita los sueños de los partidarios de tal acción: para que te organicen un «impeachment» antes hay que haber hecho algo, y algo particularmente malo, como mentir, por ejemplo.

El 45 no es un hombre especialmente plácido y calmo, intensamente reflexivo o prudente en su expresión, pero algo me dice que tonto del todo no es: no se consigue el apoyo masivo de clases medias norteamericanas así como así. Lo que vengo a decir es que tal vez algún día nos preguntemos si no nos estamos precipitando al dar por hecho que su presidencia va a ser letal para todos. Guardemos en los archivos las bienvenidas que se le han procurado y volvamos a ellas de aquí a algún tiempo, de la misma forma que volvemos sobre el aviso que grandes estrellas de aquel país realizaron solemnemente poco antes de las elecciones, cuando afirmaron que si no ganaba la señora Clinton se iban inmediatamente del país: aún no se ha ido ninguno, y veremos si lo hacen antes de que acabe su mandato.

Permanezcan, en cualquier caso, atentos a la pantalla y déjense sorprender si la vida viene con algún asombro.

 


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