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11 de noviembre de 2016

El peso de la nostalgia


Han sido muchos, pero muchos de ellos han votado con el peso de la nostalgia en los hombros

LOS mismos que interpretamos sesudamente que el pueblo americano votaría estabilidad con una mayoría suficiente, es decir, que la votaría a ella, andamos dando vueltas por la plazoleta del ingenio para explicar por qué los estadounidenses han elegido al que los demás no les señalábamos con el dedo sabio. Y lo hacemos creyendo que hay una sola razón colectiva que aúna las intenciones de todos ellos. Decimos: esta gente ha votado a Trump por esto y aquello, cuando a lo mejor no tiene nada que ver la razón que le ha llevado a uno de Vermont a desistir de lo conocido con lo que ha motivado a una de San Diego. Sólo el Departamento de Inteligencia Artificial de una Universidad norteamericana se había aventurado a predecir la victoria de lo impredecible en base al numero de «me gusta» o «no me gusta» de determinadas páginas en la red; más allá de ello muy pocos suponían que el hoy presidente electo vencería a una mujer sobradamente preparada y largamente entrenada para el cargo. Quizá solo Los Angeles Times y no siempre.

Puede que, para el grueso de los votantes del ganador, la nostalgia haya jugado un papel determinante. La nostalgia de qué, se preguntarán: de aquellos Estados Unidos en los que ser clase media, blanca, protestante y ufana garantizaba la felicidad social, del país hegemónico e incontestado y del orden establecido por las leyes tan difícilmente alterable. El país pertenecía a una casta social muy amplia que de forma muy condescendiente permitía sentarse al festín a las minorías asimiladas que se comportaran correctamente, pero siempre advirtiendo que las características fundamentales del club eran las suyas. Desde aquél entonces a ahora mucho han cambiado las cosas: se dejó de vivir tan bien, los salarios bajaron ostensiblemente, un negro llegó a la Casa Blanca, ahora iba a entrar una mujer, el terrorismo ha machacado calles y emblemas, cualquier mierda se pitorrea del país y la presión fiscal se dispara para que unos inmigrantes ilegales que se pasean con suficiencia y descaro vayan a tener sanidad gratuita. No es el país que conocieron o el que había diseñado la costumbre.

En esas llegó un tipo hecho a sí mismo, con excesos verbales comprensibles para muchos, que propuso volver a hacer grande otra vez a América. Y eso gustó a los nostálgicos, los cuales, además, recelaban del establishment y de una mujer en la que se encarnaban algunos pecados capitales según su forma de ver. A muchos de los que han votado a Trump no les ha hecho ni pizca de gracia la presidencia de Obama, a pesar de algunos logros evidentes, como la recuperación del empleo, el ordenamiento del sistema financiero o la recuperación económica. Clinton era la continuidad de una administración que no ha devuelto ningún tipo de grandeza cotidiana a los EE.UU. Ese hartazgo se produjo tras los cuatro años de Carter: llegó Reagan como un salvador y, ciertamente, engrandeció el país. Ahora, la nostalgia lleva a ver a Trump como un salvador que llega de las afueras de la política profesional de la que tanto se han hartado, a lo que se ve, muchos paisanos y que promete volver a poner las cosas en su sitio. Desgraciadamente, las cosas no son tan sencillas.

¿Y si tan claro lo ve ahora cómo no lo supo prever?: no era tan detectable el fenómeno. Los votantes de Trump se escondieron, posiblemente debido a la presión de lo políticamente correcto: todo el mundo diciendo que votar a ese individuo era una barbaridad hizo que se callaran hasta el secreto momento del voto. En ese instante, ordenados por Estados, los votos dieron salvoconducto a quien ahora goza del triunfo. Han sido muchos, pero muchos de ellos han votado con el peso de la nostalgia en los hombros.

 


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