20 de agosto de 2019
 
   
     
     
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12 de mayo de 2000

El Bono que viene


La delicada frontera que separa la popularidad del populismo es semejante en su delgadez a la que separa la oportunidad del oportunismo. Es evidente que resulta más edificante pertenecer al grupo de los populares y oportunos que al de los pillos y abrazafarolas, no digo nada nuevo con ello, aunque sí es cierto que hay algunos que saltan esa línea con la facilidad del saltimbanqui. Los políticos españoles, sin ir más lejos, suelen repartirse a ambos lados de la raya: los hay sensatos, concisos, intelectualmente densos, conocidos y respetados y los hay graciosos, espontáneos, ocurrentes, ventajistas y fuleros. Uno de los que es capaz de estar en ambos criterios a la par es José Bono, el artista manchego que ha llegado a convertirse en presidente indiscutible entre los suyos y que aspira a ser quien guíe al pueblo socialista en la larga marcha que tiene pendiente hacia arcadia feliz del poder.

Bono es un hombre popular, no diría yo irresistiblemente pero sí indudablemente. Sus maneras moderadas han hecho de la suya una imagen agradable y, en cualquier caso, nunca irritante para los seguidores de sus adversarios. Pero también es populista. Sus visitas a las poblaciones manchegas están jalonadas de anécdotas que si no son ciertas merecerían serlo: cuenta la leyenda que cuando ve a un labriego sin reloj, se quita el suyo y se lo regala dejando en el hombre la satisfacción de saberse heredero del reloj de su presidente; claro que a los pocos metros su secretario le entrega otro exacto ùun reloj sencillo, con el nombre de la Junta, pero un relojù que volverá a obsequiar cuando vuelva a toparse con una muñeca sin correa. Es capaz, como sabemos, de hablarse con Dios y con el diablo, de conquistar al Cardenal de Toledo y de entusiasmar a un congreso de ateos. Con los empresarios se lleva bien y con los sindicalistas radicales también. Está bien visto por la derechona manchega más rancia y por los izquierdistas que siguen abrigando revoluciones pendientes. Otra cosa es que le voten, que aquí cada uno riega su huerto, pero no despierta la repulsión que otros compañeros suyos de partido. Sólo una corriente espiritual española no le es propicia: el guerrismo, que no olvida ni perdona que Bono diera el salto hacia las laderas del felipismo demostrando un olfato fuera de serie. Salvando esa excepción, Bono puede tener la seguridad de que su candidatura a la Secretaría General del PSOE va a ser bien vista por aquellos que le consideran un hombre oportuno ùlo demuestra sabiendo administrar los tiempos en esta precampaña ù y hasta por los que le tienen por oportunista ùcasi todos de su partidoù y por un pillo del páramo que sigue enjuagando las eses y riéndose como un curilla travieso. Hay incluso quien ha llegado a decir ùmi cuñado Carlos Santos, por ejemploù que Bono será algún día Presidente del Gobierno... con los votos del PP. Tal vez sea exagerar. Conviene quedarse, no obstante, con la copla de un político experimentado, ganador, honesto, algo marrullero, cordial e, incluso, ligeramente imprevisible, como la que precisa un partido que tiene, nada menos, que echar a José María Aznar de la Moncloa. El próximo congreso socialista, ùal que, a este paso, van a presentar candidatura hasta los bedeles de Ferrazù debatirá fundamentalmente la opción de Rosa Diez, válida y trabajadora pero aún algo endeble, la de Rodríguez Zapatero, que ha propuesto un imprescindible debate de ideas aportando unas cuantas muy interesantes, y la de Bono, que si sabe dosificar las entregas y aparecer en el momento justo puede llevarse de calle la Cruz de Guía. Al manchego, que no es diputado, le conviene hacer, no obstante, como hacen los candidatos norteamericanos y ofrecer una alianza a su máximo rival, Zapatero, para conducir entre ambos los próximos años del PSOE que, como sabemos, no habrán de ser fáciles. El primero en verlo ha sido Felipe González, que es listo, pesadito con la globalización de las narices y crispado y avinagrado y desagradable, pero listo, lo suficiente como para ver en la combinación de ambos la fórmula de una nueva juventud. Las bases harán lo que les parezca, como ocurrió en el caso de las primarias y Borrell, pero tienen en su mano la oportunidad de relevar unos determinados modos que han llevado a los suyos a la derrota.

Bono no es un niño, ni tiene el alma inocente del que no ha conocido la política de la vieja guardia, pero usa unos modos distintos a los gastados aspavientos de la mayoría de ministros de González. Y, además, ha sido el primero en advertir ùal igual que Zapatero, por ser justosù que el electorado español sigue tozudamente empecinado en considerar que este viejo suelo desgastado que pisamos es una nación, cosa que pasó por alto la última campaña del PSOE y que dieron la impresión de haber olvidado las diferentes taifas federales a través de sus errantes y contradictorios pactos. Eso no es poco. Es de suponer que éste y algún otro aspecto de su particular credo se lo habrá expuesto a Maragall, sin ir más lejos, en su reciente visita. No estaría de más que también se lo explicara a Odón Elorza, a Eguiguren, a Antich y al que tienen en Galicia que ha demostrado ser una lumbrera y que cómo será que no me acuerdo de su nombre.

Ciertamente, le deseo suerte ya que es su gran oportunidad.

Esperemos que no sea oportunista.


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