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27 de julio de 2012

En el nombre de Oswaldo


 

Siempre fuimos controlados, fotografiados y seguidos por la Seguridad del Estado

 

OSWALDO José Payá Sardiñas era un buen hombre, digno, sereno, patriota, dialogante y valiente. Y si así lo afirmo es porque me honré con su amistad y fui depositario de muchas de sus reflexiones en las largas conversaciones que pude mantener con él a lo largo de muchos años de viajes por La Habana. Nunca una idea airada, nunca una palabra malsonante, nunca un gesto violento. Nunca. Siempre la convicción de que el único futuro práctico de su país pasaba por el gran acuerdo de todos los cubanos, los de dentro, unos y otros, y los de fuera, aunque con la salvedad de que quienes tenían que construir la Cuba del futuro no podían hacerlo desde otros territorios. Sus reivindicaciones y propuestas, canalizadas a través del Proyecto Varela, contenían premisas elementalmente democráticas que firmaría cualquier ciudadano de cualquier país medianamente normalizado: libertad de asociación, de reunión, de manifestación, de opinión, participación a través de elecciones libres y libertad comercial y de creación empresarial. Todo ello, como sabemos, taxativamente prohibido por la dictadura comunista de los Castro.

 

Siempre que visitaba a Oswaldo procuraba hacerlo el mismo día de mi vuelta, de manera que si resultaba expulsado del país por ello -no hubiera sido el primero- o simplemente requerido por las autoridades -cosa que sí ocurrió-, me embarcaran en el mismo avión en que tenía previsto volver. Cada vez que me entrevisté con Oswaldo, siempre, fuimos controlados, fotografiados y seguidos por agentes de la Seguridad del Estado claramente visibles. No creo que fueran precisamente seguidores suyos o míos deseosos de obtener un autógrafo. Conectar con él no era sencillo: no desvelaré todo el mecanismo, pero debía realizarse desde España y siempre mediante mensajes de texto a un teléfono discreto que se le había proporcionado desde fuera. Una vez hecho el contacto había que tener paciencia: podía llegar a su hora o podía retrasarse un tiempo indeterminado merced a los permanentes obstáculos a los que era sometido.

 

Su vida diaria era una muestra más de la bajeza a la que puede llegar la presión que suelen ejercer los regímenes criminales. Su domicilio era permanentemente asediado por los cobardes mercenarios de las llamadas «Brigadas de Repudio», los cuales le sometían a acoso verbal, insulto, algaradas y empujones. Su familia era maltratada cual apestado político por toda instancia oficial. Y él era sometido a muchas maniobras sospechosas en las que siempre pretendían poner en compromiso su integridad física o la de alguno de sus hijos. Por ello resulta sospechoso el accidente que le ha causado la muerte: es probable que nada extraño ocurriera más allá de una maniobra desafortunada del conductor, pero tampoco sería de extrañar que a alguien se le fuera la mano en el hostigamiento. Es mejor no especular, evidentemente, pero será interesante conocer la versión completa que pueda aportar el español que manejaba el coche. Más allá de ello, la muerte de Oswaldo y de su compañero en la disidencia nos llena de tristeza a quienes confiábamos en un futuro decente para Cuba pasado por sus manos. No es, como dijo el indecente chekista Cayo Lara «una muerte más en la carretera». Viendo las consecuencias de su funeral, en el que el Régimen mandó a sus matones para practicar una gran redada, observando la valentía de quienes desafiaban a sus torturadores invocando el fin de la represión, queda la esperanza de su ejemplo a nuevas y hartas generaciones de cubanos acobardados.

 

Recuerdo nuestro último encuentro en el Hotel Riviera de La Habana. Le obsequié un par de botellas de aceite que traía de España y le dije «Espero que las próximas te las pueda traer cuando seas Presidente de Cuba». Desgraciadamente, ya no será así.

 

Invoco pues el nombre de Oswaldo y pronuncio serenamente la palabra Libertad.

 


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