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6 de julio de 2012

Salvar al soldado Rubalcaba


Nos conviene un hombre de capacidad negociadora

 

¿Salvarle de quien? De todos y de nadie. De propios y ajenos. ¿Y por qué? Por ser una pieza necesaria para la salida laberíntica de la colosal crisis que nos está dejando como rastrojos. Los lectores mas fieles podrán recordar un suelto semejante al presente, cuyo titulo rezaba «Salvar al Soldado Rajoy». Escribí aquellas líneas desde el convencimiento de que la estabilidad de la derecha española pasaba por reforzar la posición débil del entonces derrotado líder del Partido Popular. Rajoy salió del hoyo y encabezó una oposición que llevó a los suyos al poder. En ello colaboró, y no poco, el desgaste del gobierno Zapatero y las secuelas ineludibles que deja toda crisis de tamaño ciclópeo como la presente; pero aún así debía instrumentalizarse una oposición sólida que, por aquél entonces, sólo podía protagonizar el de Pontevedra. Hoy por hoy, la oposición medianamente creíble sólo puede realizarla un individuo como el soldado Rubalcaba, de largo el más sólido en las filas socialistas.

 

APR tiene varios handicaps de salida: no es nuevo, viene de vicepresidir un gobierno desafortunado y goza de poquísimo poder de maniobra. Esgrime críticas razonables al gobierno de Rajoy, pero no puede desatar cohetería por haber sido partícipe de una degeneración contable e institucional en cuya cuna están algunos de los problemas actuales; no obstante, a los españoles nos conviene un hombre de capacidad negociadora y cierto sentido de Estado como el que luce el lider actual del PSOE. Guste o no a sus detractores, fue un buen Ministro del Interior y conoce los secretos resortes de un país al que hay que sacar del atolladero. Cierto que abusa del manoseo demagógico del verbo, sí, pero su izquierdismo es equiparable al de la razonable socialdemocracia europea y tiene capacidad para la negociación, para el acuerdo en momentos de urgencia, absolutamente imprescindible en los días que corren.

 

Su liderazgo se ve cuestionado de forma un tanto atolondrada por alguno de sus correligionarios. Que piensen los sensatos y desapasionados analistas de la realidad española lo que significaría en este momento un Partido Socialista repleto de luchas intestinas y dogmáticas. Este es el instante en el que las aventuras ideológicas de universitarios trasnochados sólo pueden aportar inestabilidades innecesarias. Hermosas desde la utopía asamblearia, pero innecesarias. El debate en el seno socialista queda abierto desde el momento en que se quiere mover su silla desde planteamientos depurados por la realidad: cuando Elena Valenciano señalaba hace pocos días que la solución del futuro no se encontraba en «la cueva de la izquierda», hacía un diagnóstico acertado acerca del futuro del PSOE, dando a entender que el primer partido de la oposición no debía conformarse con reductos ideológicos excesivamente pétreos, de esos que te garantizan electores muy convencidos y muy contentos, pero escasos para ser una alternativa en las urnas. Hay que convencer a muchos más de aquellos que se encuentran a la izquierda de la izquierda ya que con esos no se llega demasiado lejos. Y esa alternativa, la única posible, la conforma Rubalcaba.

 

Sé que no es ningún favor que un columnista de ABC apueste por él y pida una corriente de apoyo con sus palabras, pero aquí no se trata sólo del futuro electoral de un partido respetable como el PSOE, sino de encontrar entre todos la fórmula estable para el relanzamiento del país. Desde la discrepancia racional, sin exceso de vocinglerío, se puede encontrar un camino conjunto por muchas que sean las diferencias que separan a estos y aquellos. Esa última capacidad de negociación y serenidad la puede garantizar un APR al que no se le suban las fiebres de la urgencia electoral ni al que le fuercen los suyos a posturas de fuerza poco productivas para el bien conjunto.

 

Hay que salvar, ahora, al soldado Rubalcaba.


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