
Jordi Pujol, en una imagen reciente. (ABC)
La izquierda marca los límites de los debates correctos, decide dónde está el bien y qué resulta aceptable o inaceptable
Nadie apostaba, ni siquiera hace nueve años, por que Pujol tuviera finalmente que dar explicaciones ante un tribunal. Se libra de testificar por asociación ilícita y blanqueo de capitales, igual que se libró de Banca Catalana o de los tejemanejes del 3 por ciento –que por supuesto no era el 3, era más–. Tiene 95 años y cierta debilidad en la memoria: normal que no vaya a la cárcel si fuera considerado culpable. Pero me gustaría saber si tanta delicadeza para que ni siquiera comparezca habría sido practicada por el juez De Prada con un corrupto del PP. De Prada, sí, el célebre sujeto de la frase de la sentencia de la Gurtel.
Tampoco resulta tan extraño que Pujol, el padre de la estupidez nacionalista de Cataluña –que ha acabado convirtiendo ese lugar en una suerte de cementerio civil–, haya visto pasar a la Justicia por su lado sin mirarle. Como escribe el profesor Félix Ovejero en su último e interesantísimo libro, 'La invención del agravio', en España hemos normalizado las patologías políticas y estamos instalados en un delirante guion según el cual las leyes se redactan de acuerdo con los delincuentes y debemos aplaudir su eventual cumplimiento. Los Pujol que han sido –es decir, él y su recua de seguidores– sus cómplices y el papanatismo colaboracionista de la izquierda política han conseguido hacer creer que solo podrá reinar la justicia histórica si se atienden sin rechistar las exigencias nacionalistas, las que nacen de las fabulaciones que se han integrado en nuestro imaginario político con los parabienes de la izquierda, como digo, como dice Ovejero, que ha resultado decisiva en la legitimación política y moral del nacionalismo como si de una buena causa se tratara. La izquierda marca los límites de los debates correctos, decide dónde está el bien y qué resulta aceptable o inaceptable. Por la razón que fuere se ha asumido por los delimitadores del escenario político que el nacionalismo, los diversos pujolismos, caen del lado del progresismo, y que Cataluña es el paraíso progresista por excelencia, un inexplicable y falso mito que bien evidencia el hecho de que un partido extremo, racista y xenófobo como Aliança Catalana sea el próximo brote del éxito electoral. El pujolismo, que solo se va a sentar en el banquillo en la persona de los hijos del fundador, creó un relato según el cual España se ha construido tan solo oprimiendo y destruyendo las verdaderas naciones –esencialmente dos– que precedían la creación del mundo, o al menos del Estado. Por lo tanto, esa España antidemocrática no tiene derecho alguno a juzgar al hombre que lideró la revuelta silenciosa y la cleptomanía, ambas con singular eficacia. La lentitud de la Justicia y la rehabilitación asombrosa e inexplicable del personaje hacen que hoy, tengamos razones para sentirnos frustrados.