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El Semanal  26 de septiembre de 2016

La neumonía de Hillary


Hace unos cuantos días, con motivo de los actos de homenaje a las víctimas del 11-S en Nueva York, la candidata demócrata, Hillary Clinton, fue noticia por una suerte de mareo que la obligó a abandonar la ceremonia en la que también coincidió con su oponente republicano, Donald Trump. No sería ello noticia ni objeto de comentario si no fuera por varias razones, entre ellas que Hillary se encuentra en plena campaña electoral, que su oponente está cerca en las encuestas, que la opinión pública norteamericana tiene no pocas dudas sobre su honestidad y que un enfermo tiene menos probabilidades que un no enfermo de ganar unas elecciones. No digamos las estadounidenses, donde todo detalle de transparencia se mide al milímetro. Los médicos se apresuraron a asegurar que la señora Clinton padecía una leve neumonía, como ya es sabido, y que ello era la causa de ese vahído, como queriéndole quitar trascendencia a algo que saben puede tener consecuencias electorales y no precisamente gratas para la primera mujer con probabilidades de convertirse en presidente de los Estados Unidos. Desde el cuartel general de Trump se venía acusando a Clinton de estar enferma, de haber padecido un ictus y arrastrar no pocas repercusiones vasculares como consecuencia de ello, dando a entender que una persona en esas condiciones no puede desempeñar el cargo al que aspira, lo cual irritó sobremanera a los mismos que ahora han reconocido el contratiempo respiratorio de la candidata.

Ni que decir tiene que Trump insistirá en la herida y ya veremos qué consecuencias tiene de cara a sus pretensiones, que sólo parecen tener opción cuando se calla y no dice las barbaridades que venimos escuchando desde que se presentó a las primarias republicanas. ¿De veras un tipo como Trump puede ganar las elecciones en Norteamérica?: ninguno de los que estamos a este lado del océano y muchos de los amigos que tenemos en aquél de allá hubiéramos dicho que sí, pero comprobando qué ha pasado en lugares supuestamente sensatos no deberíamos atrevernos a negar esa posibilidad. Hillary, curiosamente, no cae bien; es una política densa, segura, consistente, pero no goza de simpatías, muchos compatriotas suyos creen que es de honradez espesa y ni siquiera las mujeres están por su causa. Cuando servidor vio a Hillary a escasos metros en el desayuno de oración en el que Obama invitó a Rodríguez Zapatero, quedó fascinado con el discurso político que se largó en aquella mañana de invierno de Washington: sencillamente soberbio, políticamente impecable, comunicativamente sobresaliente.

Creí de veras que sería una candidata imbatible. Sin embargo, está a punto de adelantarla un sujeto extemporáneo que asusta hasta a sus correligionarios más sensatos y que cada vez que abre la boca es para decir barbaridades incalificables. Algunos no se extrañan del todo: después del triunfo del brexit cualquier cosa es posible. Son tiempos de populismo, de gente que asegura que puede solucionar las cosas con tres patadas; es tiempo de Le Pen; de los alemanes de extrema derecha; de Podemos; de Syriza; de lo que queda de Chávez en Maduro; de Trump; de los absurdos británicos que han arrastrado a su país a una travesía innecesaria por el desierto más incierto y que, además, condenan a la juventud del Reino Unido a un futuro inevitablemente peor; de políticos como la alcaldesa de Roma, que la está dejando para el arrastre en solo tres meses en el cargo; del desastre ese de Carmena en Madrid… Es tiempo de políticos simples, pero no por ello de efectos benéficos.

No sé cómo evolucionará la neumonía de Hillary desde la redacción de estas líneas hasta su publicación, pero le deseo que el neumococo (si es de origen bacteriano y de ese bicho en concreto) ceda al paso de los antibióticos. Y que decida lo mejor para su campaña: transparencia con su enfermedad o prudente reserva para no dar pistas al enemigo. En Estados Unidos hay una vieja tradición de ocultar enfermedades de sus presidentes, unas veces con éxito y otras no (en realidad, en todo el orbe); precisamente de ello les quiero hablar a raíz de la lectura de un libro del exministro de Exteriores británico David Owen que me parece excepcional. La semana que viene. 

 


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