24 de mayo de 2015
 
   
     
     
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El Semanal  24 de mayo de 2015

Hoy, precisamente, contra el populismo


Hoy es un buen día para saberse sereno. Decidimos corporaciones y gobiernos autonómicos varios y lo hacemos desde el umbrío de una cierta fatalidad: que nuestros elegidos sean tantos y tan mal avenidos que las administraciones resultantes sean casi ingobernables. Y algo peor incluso: que el populismo en sus distintas facetas tome cuerpo de gestor. Recientemente pude compartir con el Nobel Vargas Llosa escenario en el Teatro Gayarre de Pamplona en una charla acerca de esta corriente político-social de viejo recuerdo en varios lugares del mundo y tan de actualidad en España. Además de alertar de lo que puede suceder en una Navarra de voto pulverizado con una coalición que dedique su tiempo a convertir al Viejo Reino en una provincia vasca más, Vargas y un servidor quisimos acercarnos a este fenómeno posiblemente pasajero que sucede en España, pero indudablemente intenso. Siempre que ha sucedido una crisis severa, el populismo se presenta como el único redentor posible de los humildes y como el gran enemigo de los poderosos, de los ricos que han atesorado bienes mediante un mecanismo claro: desposeer de ellos a los pobres. Los populistas y están ahí, con papeletas en los colegios electorales proponen una suerte de venganza social. No garantizan el bienestar porque desgraciadamente ninguno de los mecanismos que proponen ha funcionado en parte alguna, pero sí garantizan el asalto al poder con la clara intención de variar las reglas de juego para no perderlo fácilmente. En el fondo de las cosas, el populismo en sus diferentes formas pretende dividir la sociedad mediante un hábil manejo del odio, eliminar todas las formas posibles de oposición, crear empleos públicos prescindibles para coleccionar estómagos agradecidos con el dinero de los demás, poner todos los límites posibles a la propiedad privada y cercenar mediante todo tipo de maniobras la libertad de prensa. Eso hizo Chávez, o eso hizo Hitler en su tiempo. Y Mussolini. Y todos los peronistas que en el mundo son.

El populismo es degeneración de la democracia y no necesariamente responde a una única ideología esencial. Es un mecanismo para llegar al poder, como venimos diciendo, y adopta diversas formas. Una de ellas, evidentemente, es el nacionalismo, el cual desde la simpleza más intestinal posible asegura un paraíso de felicidad el día en que los terruños que abarcan consigan estar solos en medio de la nada. El nacionalismo, como estos populismos redentoristas de izquierda, sabe que el camino más directo a sus presas es elaborar argumentos emocionalmente sencillos de entender por aquellos que padecen los rigores de un sistema que tiene fallos o problemas graves. Es evidente que podrá alcanzar un universo mayor de seguidores si son capaces de proponer soluciones muy fáciles a problemas muy difíciles, pero todas ellas sustentadas por una máxima: las élites la casta son las culpables de nuestros males y hay que sustituirlas por el pueblo, por la gente, por nosotros. Así hemos visto cómo en estos tiempos unos profesores salvapatrias que han convertido la Facultad de Políticas de la Complutense de Madrid en una inoperante comuna de inútiles se ofrecen como gestores del mejor de los futuros: el que se confecciona mediante ideas fáciles y consignas infantiles. Fieles a la esencia del populismo, anuncian como alcanzable lo que ni siquiera se puede demostrar en laboratorios, y se presentan a sí mismos como la garantía última de limpieza de formas y honradez sin tacha. Lo primero ya sabemos qué resultados ha proporcionado allá donde se ha puesto en práctica: pregunten a los venezolanos. Lo segundo no deja de ser una paradoja curiosa: los turbios mecanismos de financiación de sus estructuras desdicen cualquier aserto presumido acerca de su inmaculada constitución.

Pero no son sólo ellos, está claro. El populismo, curiosamente, se vive en todos los partidos y ello se demuestra en esa ansia por agradar a la mayoría con las promesas que sean necesarias, aunque sean irrealizables. Vamos a satisfacer hoy, que ya mañana vendrá otro y lo pagará. Mediante este incansable proceso, creamos estructuras demasiado grandes, tanto como insostenibles. Es el camino al que llevan los populismos que hoy deberíamos esquivar: recordemos que un Estado demasiado grande para darte todo lo que quieres es también demasiado grande para quitarte todo lo que tienes. Votemos en conciencia y en libertad.

Votemos en Democracia. En esta. Con todas sus imperfecciones.

 


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