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28 de enero de 2007

El juguete del Consejo


El Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) es un organismo independiente (?) que, tutelado por la Junta, vela por la integridad audiovisual de los moradores de esta tierra y elabora informes pertinentes y no vinculantes para el Gobierno andaluz, el cual, como buen gobierno, se los pasa por el forro si no le convienen y los sigue si le interesa hacerlo. No es exactamente lo mismo que el famoso Consejo Audiovisual de Cataluña, cuya trayectoria es infinitamente más intervencionista que la del andaluz, pero podría acabar pareciéndose merced a alguna tontería publicada, esas que se confeccionan por aquellos miembros menos profesionales y con más ganas de arreglar el mundo a través de consignas políticamente correctas. Todo hay que decirlo: el CAA todavía no ha pretendido cerrar ninguna emisora, como sí ha hecho el catalán, y eso es cosa que debemos celebrar, pero sí ha tenido gestos propios de burócratas ociosos y de teóricos trasnochados como este que tengo el gusto de relatar y que es, como mínimo, estupefaciente.

Un grupo de consejeros ha encargado un seguimiento de la publicidad infantil que en fechas navideñas nos asalta en cualquier medio audiovisual con el fin de estudiar su conveniencia y acierto. Las conclusiones a las que han llegado después de dedicar no pocos y sesudos esfuerzos a la cuestión son descorazonadoras: los espectadores podemos estar siendo víctimas de una manipulación perversa y no nos estamos dando cuenta. Gracias a los trabajos de estos vigilantes del juguete hemos despertado de nuestro sueño narcótico y podemos situarnos a las puertas de la indignación al comprobar que, como dice el estudio, los anuncios con niños no reflejan la pluralidad racial de Andalucía. Sí, sí, han leído bien: un anuncio políticamente correcto sería aquel que incluyese a un niño blanquito y a otro negrito, no a dos de ese color crema tan propio de por aquí. Es cierto: ¿por qué no incluir a una niña de rasgos chinos, habiendo tantas andaluzas que tienen ese origen? Pero también vale, en cualquier caso, la pregunta contraria: ¿por qué no dejar de hacerlo? Para el organismo que preside Manuel Ángel Vázquez Medel, las carencias de la integración en esta tierra tiene uno de sus síntomas evidentes en que los anuncios de televisión los protagonizan niños blancos, los que constituyen el 97 por ciento de los pobladores del territorio. Menudo hallazgo. Pero si eso es grave, mucho más lacerante resulta que la imagen familiar que transmiten esos anuncios es aborreciblemente conservadora, es decir, son familias que están formadas por padre y madre. No reflejan, dicen los fenómenos, la realidad innegable de las familias monoparentales: no hay anuncios en que sea una madre con un cartelito que ponga ‘inseminada artificialmente con semen de donante anónimo’ la que regale una muñeca confeccionada con material reciclado a un adolescente magrebí. Menuda perversidad la de los creativos de la agencia: ¡sacar a dos niños con padre y madre! Otro de los hallazgos supone un mensaje crítico demoledor contra el mundo publicitario del que éste tendrá que acusar recibo antes o después: ojo, porque los anuncios de juguetes incitan al consumo. ¿Cómo se nos ha podido pasar eso durante tantos años? La pretensión del que publicita coches teledirigidos es que se vendan mucho, muchísimo, en lugar de establecer diálogos transversales sobre la necesidad de inclinar la infancia al juego responsable, y ello es tan inaceptable que tiene que cambiar. Pero hay más. Hay un aspecto que, sin corresponderles a ellos investigarlo, tiene mucho más interés que las divagaciones anteriores: ¿se corresponde lo que anuncian con la realidad? Ignoro si lo solucionaron enviando un funcionario a Carrefour a desempaquetar los juguetes, que me da que sí, pero llegan a la conclusión de que un buen número de juguetes no están proporcionados en tamaño y desarrollo al equivalente que se anuncia en televisión. ¿Habrá intentado el probo funcionario montar el Castillo de Merlín, con lo que cuesta, en pleno pasillo de Hipercor?

Como pueden imaginar, el gran clásico de los reproches no ha faltado en este estudio: el CAA ha constatado que ningún anuncio de muñecas se dirige explícitamente a niños varones. Han leído bien: ningún fabricante ha caído en cuenta de que podrían ampliar enormemente su volumen de negocio haciendo que los niños jueguen con una Nancy. Tantos años pasados desde que comenzara a maldecirse la alienación de la mujer a través de los juguetes sexistas y no nos habíamos dado cuenta de que la solución estaba en convencer a nuestros hijos varones de que le cambiasen el vestidito a la Barbie.


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