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31 de diciembre de 2006

Tony Manero en el Oeste


Vuelve el clásico: vuelve Tony Manero, por fin de año, dispuesto a romper todos los esquemas de cotillones y otras fiestas con premio. Este año, no sin esfuerzos negociadores por parte de quien esto firma, he conseguido no tener que explorar Finlandia en reno, conocer in situ los progresos de un kibutz israelí, asomarme inútilmente al morro de un animal salvaje de un parque africano o declinar amablemente los platos con mantequilla que ofrecen en un conocido restaurante parisino. Este año, uno se ha quedado en su morada. A pesar del dicho del insuperable Antonio Gamero –«como fuera de casa no se está en ninguna parte»–, soy del convencimiento de que, mientras los demás pasean por un mundo abarrotado, el mejor lugar para desconectar de todo y de todos es quedarse atado al brazo favorito del sofá de casa. La tentación se presentaba en forma de visita al colegio escocés del niño, lugar en el que desasnan al hijo mayor y lo educan en las buenas costumbres que luce todo británico distinguido. El niño es ya un bigardo importante que juega en un equipo de rugby de la zona y que añora su familia y el jamón, aunque no necesariamente por este orden. Edimburgo –pronúnciese ‘Embra’ si quiere parecer un lugareño del mismo centro– es una bella población con aspecto de castillo corrido, frío de manual y oscuridad contratada a las cuatro de la tarde en invierno. Los aborígenes son, con toda naturalidad, británicos, pero no ingleses, lo cual tiene aspectos buenos y no tan buenos, y gozan de leyes particularmente curiosas: en los hoteles de la ciudad, por ejemplo, no disponen de corriente en los enchufes del cuarto de baño para evitar que alguien se electrocute con el secador de pelo o con cualquier otro electrodoméstico. Hay que secarse el pelo en la mesita de noche o en el enchufe de la televisión. Lo de fumar lo llevan peor: el número de neumonías atendidas por los servicios sociales ha aumentado exponencialmente desde que su parlamento aprobó una ley según la cual hay que salir a la calle para prenderse cualquier cosa que eche humo. Como sé que me preguntarán por la manduca, les diré que los dos lugares en los que recalé no eran ningún espectáculo, salvo en la factura. El salmón está bien –por aquello de estar cerca de donde lo pescan y lo ahúman–, la carne es pasable y el pescado es mejorable. Si algún día va y el tiempo acompaña, coma o cene en la terraza de Oloroso, restaurante del mismo centro desde el que se divisan las azoteas prodigiosas de una ciudad salida de un cuento medieval en la que parece estar a punto de aparecer el Rey Arturo acompañado, por supuesto, de Tony Manero vestido de caballero de la mesa redonda. El restaurante no es que sea la bomba, pero no tiene mala bodega y, especialmente, tiene buena vista. Pero, como le digo, ni siquiera Edimburgo ha podido conmigo y, por fin, he conseguido disfrutar de la aparente normalidad de los días que van de Nochebuena a Nochevieja en los escenarios habituales en los que muevo mis atléticos huesos. Todo con tal de preparar mi adaptación de Tony Manero, el personaje interpretado por Travolta, para el encuentro de fin de año que cada primera semana de enero tengo a bien relatarles: este año, la temática es el Oeste americano y he recordado de entre mis películas favoritas aquella de Tony Manero en el Oeste, que, al igual que Tony Manero en el circo o Tony Manero en la ópera, permite adoptar no pocas vestimentas adecuadas al escenario y al gran ídolo de masas que es el personaje central de Fiebre del sábado noche, del que pienso caracterizarme una vez más, fiel a mi sentido trascendente de la historia. La semana próxima descenderé a aquellos detalles que ustedes están deseando conocer: dónde, quiénes, cómo y de qué. Entre tanto, pasen una velada de Nochevieja mínimamente soportable.
 


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