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29 de octubre de 2006

Ponga un vasco en su vida


Hacía tiempo que no me reía tanto. Óscar Terol, el vasco autor de este libro desternillante, asegura que todos nacemos vascos, aunque algunos no lo sepamos. Cualquiera que visita aquella tierra –y hace abstracción política por unas cuantas horas, las justas antes de que te despierte del sueño la venenosa serpiente de siempre– se dará cuenta de que allí se come como si se fuera uno a morir al día siguiente y de que, en el caso de estar harto del magma patrio, tiene la ventaja de que en una hora de coche estás fuera del mapa. Es una tierra, como acierta a definir el autor, tan bien decorada como una maqueta de tren eléctrico y en la que en cualquier rincón puedes sacar una foto que sería portada del calendario de una caja de ahorros, no en vano es la gran reserva india de Occidente: el vasco conserva costumbres ancestrales como la misa del domingo, pensar en pesetas, llamar ‘el parte’ al telediario y tener una familia con todos sus miembros. De ahí decir que, aunque usted decidiera renegar de su origen, no debe olvidar que también nació vasco.

Sostiene Terol que, ya que todos no cabemos en el País Vasco, lo mejor para disfrutar de esa realidad es poner un vasco en su vida. Pero eso requiere un aprendizaje y eso es lo que le ofrece el libro. Conózcalos. Para liarse con un hombre vasco, Terol aconseja que jamás intente el objetivo cuando éste está con su cuadrilla, y para liarse con una vasca le conmina a que nunca le pregunte más de tres veces… «¿De qué equipo eres?» y a que jamás le tire de la indirecta de que a la cuarta cita «toca». Si quiere buscar un vasco, jamás lo haga en lugares sin bar, en Japón, en las pistas de baile, en barbacoas o en una cata de tónicas. Ahí, sencillamente, no hay ninguno. Aprenda a distinguirlos: en una taberna es el que desenfunda más rápido para pagar, en un paseo marítimo del sur es el que lleva el jersey por los hombros, en un cumpleaños es el que entona la segunda voz del «cumpleaños feliz» y en un poblado de África es el que lleva sotana. Si usted intima con un vasco y es llamado a conocer a su familia, hay varias cosas que debe saber. Primera y principal: aquello es el Imperio de la Madre, el hombre no pinta nada, sólo brinda el apellido a la familia y a la empresa familiar, otra de las realidades sociales vascas. Ya saben, en esa prodigiosa tierra norteña uno siempre tiene que hacer «lo que se espera de ti». Segunda: ojo con el primer día en que entra por la puerta de su casa. Le ofrecerán vino, y cuidado con decir que no: el que no bebe vino no es de fiar para un vasco. Pero tampoco el que abusa del alcohol. Respirarán aliviados si le ven comer jamón –así sabrán que no es usted vegetariano– y se fijarán en la manera de abalanzarse sobre los langostinos: no hay que parecer Carpanta y evidenciar un estatus social menesteroso. Terol advierte en su libro que para comunicarse adecuadamente con un vasco hay que utilizar correctamente una serie de palabras que tienen diferente significado que en otras zonas de España: un ‘delantal’ es en realidad un prenda de lencería, ‘agorafobia’ es el miedo irracional que le entra a uno en una gran plaza si no encuentra algún bar y ‘ajedrez’ es esa incomprensible situación en la que dos individuos cometen el delito de estar horas sentados el uno frente al otro con una mesa de por medio repleta de cosas que no son de comer. De la misma manera, debe saber que hay palabras que bloquean la mente de un vasco durante diez segundos, tales como ‘angulas’, ‘buffet libre’, ‘cigala’, ‘muslo’, ‘tanga’, ‘crianza’ o ‘chuletón’; también las hay que aceleran la mente de una vasca, y son ‘chocolate’, ‘monitor’, ‘light’ y ‘surtido de postres’. Aconseja el autor mencionarlas por separado para no entrar en euforias descontroladas. El vasco no busca, quiere descubrir, dice el libro (Ponga un vasco en su vida, Aguilar Ediciones, 2006), prefiere perder una tarde y no preguntar por una dirección: cuenta el caso de aquella pareja de recién casados que partieron a París de pareja de novios en el 94 y que cuando fueron encontrados en 2005 aún no habían encontrado el hotel y eran ya una auténtica familia: padres y tres hijos.

Esto da para una segunda entrega, como pueden comprender. Tengo que agradecerle a Óscar Terol que, además de hacerme pasar unas horas incomparables, me haya descubierto, después de tantos años de ignorarlo, que yo también soy vasco. Incomparable y reconfortante sensación.


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