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13 de mayo de 2018

A propósito de Cervera Topete


Considerar a Cervera «un facha», bastantes años antes de que se instrumentalizara la idea del fascismo, denota lamentables lagunas intelectuales

Resulta, cuando menos, excesivamente aventurado escribir un artículo acerca de las cualidades profesionales del almirante Cervera sin ser militar, especialmente de la Armada, o historiador contrastado. Por ello no lo voy a hacer. Los que saben lo que hay que saber de la teórica de guerra del siglo XIX y de las circunstancias que acompañaron la Guerra de Cuba son los que deben elevar sus conclusiones acerca de la pericia o no de los marinos españoles que se enfrentaron a una Armada superior en número y tecnología, la estadounidense.

Evidentemente quien menos puede teorizar acerca de los hechos que enmarcaron el Desastre del 98 es la muy analfabeta alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

Recientemente, con motivo del cambio nominal de una calle del barcelonés barrio de la Barceloneta, la munícipe de la ciudad justificó el trueque de la misma dedicada al almirante Cervera Topete por el del cómico Pepe Rubianes con el aplastante argumento de que Cervera «era un facha». Entiendo la desolación que pueda producir en barceloneses de cierto peso intelectual la argumentación bajuna de semejante estólida, con lo que considero no está de más precisarle a ella, y a los que razonan con semejante grasa cerebral, algunos detalles elementales del periodo que con tanta ligereza son capaces de etiquetar. Cervera Topete, más allá de sus habilidades como almirante –que no está en mi mano analizar–, fue un hombre de su tiempo, que no era precisamente el del fascismo. De Medina Sidonia, su cuna, pasó a formarse como marino y concluyó defendiendo Filipinas en plena decadencia de un siglo absolutamente convulso para España. De ahí pasó a servir en Cartagena y, al poco, a convertirse en ministro con Sagasta, la alternativa perpetua al asesinado Cánovas de la Restauración. A Cervera hay que analizarlo, como al resto de su generación, en el contexto del indescriptible y deprimente siglo XIX español, el siglo de las revoluciones.

Si la alcaldesa de Barcelona supiera leer, lo cual no está contrastado, habría que aconsejarle la lectura del libro del catedrático Rafael Sánchez Mantero

El siglo de las revoluciones en España. Cervera asiste a una última mitad de siglo en la que se sucedieron varias Constituciones, una República de pandereta, dos regentes extranjeros, una invasión francesa, no pocas asonadas de ‘espadones’ y algunas guerras inexplicables en las que la España decadente de su tiempo consumió todas sus energías. Poco después del hundimiento casual del Maine, la América de Hearst, vendedor hábil de periódicos, señaló a la metrópoli gobernante en Cuba como culpable. Ello desató una absurda guerra en la que España tenía todas las de perder. Y perdió. Sampson ganó la batalla y los historiadores militares no se acaban de poner de acuerdo acerca de algunos detalles de la batalla en Santiago de Cuba. Los buques norteamericanos eran más y estaban, al parecer, mejor preparados. Después de ser hecho prisionero, Cervera Topete, que «lo perdió todo menos el honor», volvió a su patria y se dispuso a ver pasar los años que le separaron de la muerte de la manera más serena posible.

Considerar a Cervera «un facha», bastantes años antes de que se instrumentalizara la idea del fascismo, denota las lamentables lagunas intelectuales de una ‘sujeta’ que en su perfil académico argumenta ser tan solo «una activista» y que ha llegado a ser alcaldesa de la segunda ciudad española. Pepe Rubianes, que era un cómico estimable a pesar de su exabrupto de la «puta España» felizmente coreado por los basureros de TV3, merecía una calle en el barrio en el que vivió. Incluso no significa ninguna afrenta que lo sea sustituyendo a un militar español con un amplio historial de servicios por su país. El problema estriba en que una pobre tonta con galones municipales lo justifique atribuyéndole a una persona respetable un epíteto propio de los agitadores baratos y tabernarios de este tiempo que nos ha tocado vivir. Una pena, en fin.

 


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