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12 de agosto de 2006

La tromboflebitis de Fidel


Cuando esto escribo, se acaba de conocer la noticia de la inminente intervención quirúrgica al dictador cubano Fidel Castro con motivo, al parecer, de una úlcera sangrante. Como huelga decir, le deseo lo mejor. A él y al pueblo cubano. Intereses que no sé si coinciden, pero no tendré el mal gusto de desearle la agonía a nadie. Cuando vean la luz estas líneas, Fidel puede haberse recuperado –hoy mismo ya le dan por muerto algunos que confunden el deseo con la realidad–, puede haber retomado sus obligaciones, puede haber fallecido o se puede haber montado un cacao de consideración; no lo sé, pero no es el objeto principal de este suelto. Me detengo en la parafernalia escénica –verbal y gestual– que adoptan las dictaduras y sus protagonistas cuando se acercan hechos inevitables. Castro, al que muchos creen inmortal, fallecerá como todos, y antes de que recaigan sobre él los juicios de la historia se habrá producido el desmerengamiento de ese paquete atado y bien atado que piensa legar a sus sucesores. No sé a qué me recuerda. Cuando la muerte le enseñó la patita a Francisco Franco, los españoles nos familiarizamos extraordinariamente con la tromboflebitis aguda y un sinfín de procesos que le siguieron y que concluyeron, inevitablemente, con su fallecimiento. Aquel primer parte, como los que le continuaron, resultan inolvidables. Franco también traspasó provisionalmente el poder al entonces Príncipe y se dispuso a curarse merced al desvelo del muy competente equipo de médicos que le trataba. Cuando salió de aquella primera crisis, llamó al entonces presidente del Gobierno y le espetó una frase que demolió las esperanzas de muchos que creían ver en aquello una situación irreversible: «Arias –le dijo–: ya estoy curado». No hacía falta ni una sola palabra más. Es como si le hubiera dicho: «Aquí vuelvo a mandar yo, así que ni una tontería». Lamentablemente para su salud, la famosa gripe que le siguió desencadenó una concatenación de síndromes imparables que pasaron –también– por las hemorragias gástricas masivas, y que siguieron por la acentuación del párkinson, la cardiopatía isquémica, la peritonitis, el fracaso renal agudo… y, finalmente, el paro cardiaco. Su agonía fue, literalmente, inhumana. Víctima de un ensimismamiento médico absolutamente estéril, Franco murió entre unos dolores de los que sólo él habrá sabido su medida y dimensión. Fidel Castro, octogenario que ha gozado, como el dictador español, de buena salud a lo largo de su vida, se enfrenta a un proceso en apariencia calcado. Cuando hubo de ser intervenido como consecuencia de una caída que le machacó la rodilla –no hace demasiado tiempo–, el cubano ordenó que no se le aplicase la anestesia total: no se fiaba de lo que podía ocurrir mientras estaba inconsciente –y eso que le operaba su propio hijo–. Ahora ello no será posible y, como consecuencia, ha delegado en su hermano Raúl. Y observen otra coincidencia: el comunicado con el que se han hecho públicos la intervención y el pase de responsabilidades adopta el mismo tono mesiánico que adoptan todos los dictadores providenciales cuando se dirigen a su pueblo. De la misma forma que el aparato propagandístico de Franco hacía constante referencia a la «lucecita del Pardo» que simbolizaba el desvelo con el que el ferrolano nos cuidaba a todos, el isleño hijo de gallego responsabiliza a «las muchas horas, de día y de noche, dedicadas al gobierno de la nación» como causa de su sangre indeseada. Como un cristo crucificado por todos ellos, Fidel descarga en los pecados de los suyos el mal que le aqueja. «Esto me pasa por lo mucho que os quiero», vendría a decir. Los lectores entre líneas de la siempre críptica portavocía de toda dictadura creen ver en este hecho la agonía inapelable de un enfermo ya condenado. Los optimistas aseguran que en cuatro días volverá a estar en su despacho retomando el poder y desplegando su inagotable actividad política. Quédense con lo que quieran, pero lo cierto es que, tras la úlcera, antes o después, vientos de cambio se anunciarán por los resquicios inevitablemente abiertos de las ventanas de Cuba. Pese a la sangre coagulada, pese a los inmovilismos, pese a los deseos trasnochados de unos cuantos.


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