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24 de diciembre de 2017

Año Murillo en la mejor ciudad del mundo


Desde Colonia, Oxford, Viena vienen las obras que completan las que hizo Murillo para el convento y que en su mayoría se conservaban en el Bellas Artes

Siempre hay razones para venir a Sevilla. De hecho, millones de personas lo hacen cada año, llenan el centro histórico, pasean por los lugares imprescindibles y se llevan una visión algo superficial pero suficiente para apreciar sus atractivos indudables. Ya saben que hay un par de formas de conocer una ciudad de este tamaño: diez horas o diez años. En poco más de un día uno puede visitar el pack esencial de las postales sevillanas: Giralda, Río, Santa Cruz, Triana y tal, pero si uno quiere apresar el alma de la ciudad, el aire diferenciado de sus barrios, la hondura de algunas tradiciones, el secreto aroma de las sacristías, los perfiles de sus personajes anónimos, los bares camuflados entre edificios horrendos, necesita, como en tantos otros lugares con personalidad muy marcada, mucho tiempo. Esto creo que ya lo he escrito alguna vez, pero como debe de ser que me hago mayor lo repito sin descanso. No obstante alguna incomodidad que pueda suponer masificación en algunas esquinas, el turismo es progreso y negocio, así que todos sean bienvenidos: que nadie crea que aquí se va a imponer esa violencia de revolucionarios de pulga y porro para echar la culpa de lo que pasa a los turistas y asustarlos cuando viajan en autobús. En Sevilla, como en tantos otros lugares, todos son bienvenidos.

Por si fuera poco haber sido señalados por Lonely Planet como mejor ciudad del mundo para el próximo y cercano 2018 (lo cual ya se está notando en las reservas), Sevilla acaba de estrenar por todo lo alto una cita cultural que habrá de ser histórica: el Año Murillo, que conmemorará el cuarto centenario del nacimiento del pintor sevillano y que expondrá durante algo más de un año la obra completa del ciclo más interesante de su catálogo general, aquella que tiene que ver con las pinturas que realizó para el convento de Capuchinos. Ese convento, al igual que tantos otros lugares, el Hospital de la Caridad, Santa María la Blanca, fue expoliado por aquel gran ladrón y criminal que fue el mariscal Soult, el adelantado de la invasión napoleónica. La obra de Murillo se dispersó en no pocos museos –después de pasar por las manos trinconas de la familia Soult– y una buena parte de ella se conserva en el Bellas Artes, que es la segunda pinacoteca de España y merece ser visitada de por sí: los frailes franciscanos ocultaron lo que pudieron y lo facturaron en barco a Cádiz donde, como es sabido, las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas que tiraban los fanfarrones.Desde Colonia, Oxford, Viena vienen las obras que completan las que hizo Murillo para el convento y que en su mayoría se conservaban en el Bellas Artes, en cuya antigua iglesia podrá verse la muestra, con la recién restaurada El jubileo de Porciúncula incluida (al Bellas Artes de Sevilla se lo conocía en el siglo XIX como el ‘Museo de Murillo’).

No solamente en el Museo de Sevilla, donde iba a diario Juan Miguel a copiar las maravillas de Murillo o Rafael (en el Bellas Artes no hay ningún Rafael, pero la rima era la rima y el gran Rafael de León podía permitirse eso y más), se verán obras del genio sevillano. También los Venerables expondrá el Taller Murillo, la catedral de Sevilla acoge ya La mirada de la santidad, la Caridad y Santa María la Blanca (espectaculares templos sevillanos) ofrecen Murillo intacto, podrá recorrerse una ruta que explicará cómo era la Sevilla en la que vivió Bartolomé Esteban Murillo («llena de pillos, comerciantes, extranjeros, nobles...», o sea, como ahora), y así hasta completar un extensísimo catálogo de eventos, exposiciones, simposios y actividades musicales, todas ellos imposibles de resumir en un solo artículo.

El turismo cultural, independientemente del nivel adquisitivo de los viajeros, es el más rentable para los lugares que lo reciben. Este ciclo sobre un pintor que siempre fue considerado, de manera ligera, un ‘pintor de Vírgenes’, va a servir también para explorar su creación profana, para conocer cada sombra y cada luz del barroco en el que vivió y se expandió, cada rostro de los seres humanos que retrató de manera costumbrista, y para que los viajeros paseen por la ciudad que los espera, desde siempre, en estado de gracia.

 


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