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22 de mayo de 2006

Ciudadela y el mejillón de S'Espigó


El de esa zona de Menorca es de una calidad estacional tan enorme que resulta una exquisitez su ingesta solitaria
 

He tenido que tardar los años que tengo en encontrar una perla suelta, una gota de oro deslizándose por el mar abierto, una piedra tallada por la historia con el trazo exacto de los diamantes. Ciutadella de Menorca estaba ahí, tan ricamente, construida por romanos, vándalos, bizantinos, árabes, cristianos, ingleses, franceses, castellanos. Ha sobrevivido a la Armada turca, epidemias de peste, invasiones piratas, plagas de ratas e, incluso, a los arquitectos genialoides, sin duda, la peor amenaza de todas las anteriores. Y sigue pintada de azules y blancos y cubierta por la sábana purpurada de la sencillez, sin duda la más revolucionaria de las bellezas. Ciudadela o Ciutadella se asoma al mar a través de sus acantilados menores, casi inapreciables, y se abraza a sí misma en la roca y la arena que la ve languidecer en tardes quietas y blandas. Es un pequeño paraíso en el que todavía quedan explanadas con pinos altos y pinaza en el suelo, sin que ningún concejal absurdo haya querido que se planten elementos desagradablemente modernos –lloren por la perdida plaza del Pan de Sevilla, donde unos majaderos de lo estético han clavado puñales en el suelo en forma de farolas absurdas, mediocres, feas, dolorosamente anacrónicas– ni haya permitido que se rompa el aire de pueblo que ha visto crecer como tal a sus hijos y a sus amantes. Una plaza en el centro de una joya urbana que todavía tiene pinaza en el suelo de tierra es un lujo que debemos disfrutar mientras dure, antes de que algún urbanista glorioso quiera recubrirlo de losa cementera y luces de paisaje marciano.

Tiene varios aromas en uno, curiosamente. Paseando por sus calles adoquinadas a las que se asoman las casas de puerta breve y cristal cubierto por visillos de encaje, me vino una fragancia habanera desde la piedra de aspecto ostionero –como si fuese un recuerdo del prodigioso Cádiz de los mares– con la que se arcilla su caserío monumental. El aroma de la sal y el agua se da por supuesto. Y el sonido del viento en los palos de los veleros, también.

Y, al otro extremo, Mahón. Y, por medio, una lengua de asfalto que desparrama a izquierda y derecha caminos que van a dar a la mar entrecortada por los abismos y a las playas mínimas abrazadas por la piedra, soberbio paisaje sobre el que no permiten el abuso de los tejados con una política urbanística que ya hubieran querido los lugareños de otros lares. En el puerto de Maó (‘Mô’ en el sonido serratiano de su último regalo) se salpican los acudideros en los que abrevar para calmar la sed y en los que pastar para calmar el hambre. En uno de ellos me di de bruces con unos mejillones ejemplares. El mejillón es agradecido, pero, desgraciadamente, se justifica poco en soledad. Siempre está acompañado por algo, un arroz, un poco de pasta, un picadillo, una ensalada. El de esa zona de Menorca es de una calidad estacional tan enorme que resulta una exquisitez su ingesta solitaria. En S´Espigó, en el puerto, lo comí primorosamente preparado por Juan, el granadino que lleva más de treinta años entre fogones isleños. S´Espigó es de carta breve, según mercado, y de pocas mesas, acaso siete. Elegante sin agobiar, prepara el pescado sin enmascararlo en salsas sospechosas, cosa a la que sólo se arriesgan los que han comprado buen producto. Son los mejores que jamás probé: se saltean con algo de ajo y perejil y una lámina de aceite, se tapa la sartén y se le da fuerza al fuego… frescos, suaves, de textura amabilísima, terciados, jugosos. Únicos. Se cultivan cuidadosamente y no los regalan en las lonjas, evidentemente. Pero vale la pena acercarse a la isla de los prodigios silenciosos y probarlos con la calma de las cosas


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