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6 de marzo de 2006

En el nombre de Luis


Su voz era asombrosamente cinematográfica y, a la par, cercana y cotidiana
 

De haber transcrito todos sus programas a lo largo de su vida, Luis Arribas Castro podría haber publicado las obras completas del surrealismo. Imprevisible y genial –que son calificativos que se vacían de contenido al aplicarlos a demasiada gente, pero que en este caso van como anillo al dedo–, Arribas posaba cada mañana su micrófono sobre un grueso ladrillo de obra y, sin más hoja de ruta que su talento, dibujaba en el aire las figuras más irrepetibles que han escuchado los oídos de sus privilegiados oyentes a lo largo de muchos años. Un servidor, que se sentaba boquiabierto tras el control de aquel estudio de la vieja y deliciosa Radio Barcelona, tomaba nota de cómo se podía construir con unos cuantos mimbres un sólido edificio irrepetible titulado La ciudad es un millón de cosas. Hoy, que muchos profesionales de la radio no sabrían hacer un programa si se les fuera la luz y se quedasen sin su pantalla de ordenador, es impensable contar con un creador de relatos como los de Luis, relatos en los que los elefantes volaban y los pollos hablaban y en los que tomaba cuerpo de doctrina hasta la forma de dar la hora. Arribas veía los colores que sólo ven los ciegos, manejaba guiones en blanco detrás de los cuales había por igual campos de algodón en flor o atormentados infiernos civiles, y estructuraba sus programas prometiéndose que ningún minuto sería igual al anterior. Así, años y años. Ser imprevisible, no obstante, tiene sus inconvenientes: todo lo que nos gustaba a sus seguidores no les gustaba a sus patronos, ya que torear a diario con un genio no es fácil si eres el que le tiene que poner el horario. Arribas Castro podía sentarse una mañana en un sofá y dejar sonar toda la música y la publicidad consecutivamente y no decir ni pío por cualquier razón metafísica que se nos escapaba a los demás. Pero si un día, en cambio, desplegaba el capote prodigioso con el que toreaba el tiempo, entonces nada había que se le pareciese: mezclaba a García Lorca con las ofertas de La Casa de las Mantas y regalaba macetas a las oyentes que lo llamaban; jugaba como nadie con la brillantez y frescura de Carmen Ribas, la voz que lo acompañaba; usaba la estrofa adecuada del disco adecuado durante toda una mañana y no se hacía repetitivo –el grandioso Sebastián Serrate, su montador, podría escribir libros–; entrevistaba a un presidente de club de fútbol y hablaban de cocina a un político y hablaban de deporte a un cocinero y le preguntaba por las leyes pendientes de aprobar en el Parlamento. No había por dónde cogerlo. Su voz era asombrosamente cinematográfica y, a la par, cercana y cotidiana, y con ella nos convenció de que, efectivamente, era el único pollo del mundo que hablaba: cuando esa empresa Don Pollo contrató la publicidad en su programa, poco esperaba que aquella extravagante idea que les sugirió –«yo voy a ser Don Pollo»– iba a resultar tan efectiva que aún hoy, pasados más de veinte años, se iba a estar comentando en un suplemento semanal de prensa dominical. Ha muerto con setenta y un años al poco de haberse convertido en un pintor de cierta categoría: de no haber sido por su poca afición a viajar, hubiera expuesto en no pocas capitales europeas y españolas. De hecho vivía de su pintura, cosa que ninguno de sus amigos llegamos a creer en un principio, y ha dejado las cuentas resueltas y su entierro, pagado. La misma esquela que dejó escrita para ser publicada en La Vanguardia habla de ante qué tipo de hombre nos encontramos: «La ciudad es un millón de cosas, y mi muerte es hoy una más de ese millón. Soy Luis Arribas Castro y, definitivamente, me he muerto. Mi funeral será el día tal en el sitio cual…».

Acabo de saber que, junto con Luis, también se ha marchad


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