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25 de junio de 2006

La República de Julio Camba


Como Josep Plá, escribía delicias sobre gastronomía y sus circunstancias satélites, pero no sabía freír un huevo
 

Julio Camba Andreu era gallego y, por si eso fuera poco, resultaba un genio del regate corto. Socarrón, brillante y anarquista, el ocupante de la habitación 383 del hotel Palace de Madrid, donde vivió sus últimos años hasta morir, entrados los sesenta, dejó escrita la vida en la entrega fraccionada de las columnas de ABC. Ello comportaba no poco mérito, ya que detestaba desdeñosamente la literatura y era, a decir del gran González-Ruano, un ateo de las letras y de sí mismo que odiaba profundamente al miserable que inventó la imprenta casi tanto como al que inventó los cócteles, a los que consideraba abominables. Su dimensión de viajero y gastrónomo le brindó la posibilidad de conocer medio mundo cuando, normalmente, no se conocía mundo alguno: escapó jovencísimo a la Argentina y fue corresponsal fijo de la casa en París, Londres, Berlín y Nueva York, lugares que le sirvieron para hacerse más gourmand que gourmet y para percatarse de que en España nos cauterizábamos con ajo el paladar y que, por lo tanto, así no íbamos a ninguna parte. Decía que nuestras cocineras eran tan aficionadas al ajo no porque este condimento les sirviera para hacer una buena comida, sino, al contrario, porque les sirvía para no hacerla. Comer era una de las pocas cosas que le interesaban de verdad, una de las que escasamente hacían que dejara su butaca del hall del hotel. Una fabada que le preparó Melquíades Álvarez le entusiamó tanto que a causa de ella estuvo a punto de ingresar en el Partido Reformista, con lo que queda dicho todo. Parece, no obstante, que le pasaba lo mismo que al descomunal Josep Plá, que escribía delicias sobre gastronomía y sus circunstancias satélites, pero no sabía freír un huevo.

Catalina Luca de Tena ha editado un libro recopilatorio de Camba que puede abrir los ojos a aquellos que no han conocido un ‘siglo’ de oro del articulismo español. Haciendo de República recoge los sueltos que el prodigioso gallego al que le gustaba dormir en las bibliotecas y leer en la cama escribió en torno al advenimiento del breve régimen de la década de los treinta. Demasiado irónico para los fundamentalistas que se pasean como bobos con banderas republicanas por terrazas y acudideros, el libro testimonia el descreimiento de Camba acerca de un sistema que lo primero que hizo fue nombrar embajadores en medio mundo a escritores de la época muchísimo menos elegantes que él y con peor conocimiento de idiomas y de liberalismo. Si el planeta, decía, no llega para todos, que digan al menos que al estar en el extranjero ya no hace falta echarme, como a los demás. Nunca fue republicano, es claro. Pero tampoco fue otras cosas. De hecho, se evidencia en el libro su tendencia a ser ‘gato de tejado’ al que todo, salvo la cocina, le tenía sin cuidado. Sus maneras precisas en la escritura se caracterizaban por una soltura envidiable y un desapego de las formalidades que comenzaba, ya hemos dicho, por su propia persona. Y por una facilidad didáctica para aclarar los extraños movimientos del tablero político internacional que dejaría en pañales a los mejores profesores. Un artículo suyo en el que relata el difícil equilibrio de fuerzas entre una langosta, un pulpo y una morena es la mejor explicación posible del equilibrio de fuerzas de la Europa de entreguerras: el pulpo le puede a la langosta, la langosta le puede a la morena, pero la morena le puede al pulpo, con lo que los tres se matarían si se enfrascasen en una pelea. De hecho, Camba experimentó con los tres bichos y los colocó durante horas en una enorme pecera esperando ver cómo se machacaban: cada uno, en cambio, se fue a una esquina y no se movió durante horas, ya que todos tenían otro al que temer. Así explicaba el gallego las relaciones inte


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