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22 de enero de 2006

Don Francisco Robles, a continuación Paco


Convencidos de que es más progre insultar a un maestro que obedecerlo, prefieren saltarse las normas a cumplirlas
 

Este Paco Robles es una cosa. Usted conocerá a Paco Robles, supongo. De ser que no, se está perdiendo la ocasión de coincidir con el tipo más descreído, burlón, cínico, despiadado, penetrante, mordaz y solazado de este lado de Sierra Morena. Es autor de varios libelos, alguno de ellos imprescindible para adentrarse con garantía en universos de misterio rancio o de clave secreta: el dedicado a la Semana Santa sevillana, titulado Tontos de capirote, resulta la mejor fotografía de aquellos sujetos que pululamos en torno a esa mayestática manifestación de fe y tradición que tantas pasiones civiles y religiosas levanta en nuestra ciudad común. No se salvó ni él mismo, por supuesto, de la demoledora precisión con la que nos describió a todos, consiguiendo, además, que nadie se diera por aludido y que –precisamente para evitarlo– nadie mostrara la indignación que les hervía por dentro.

Obras tan dispares como las dedicadas a la vida de Bécquer o al siempre muscular y desintelectualizado mundo del fútbol completan la carrera brillante de este sevillano agudo que recientemente acaba de publicar un feroz retrato del progre de toda la vida titulado Mester de progresía en Editorial Almuzara, el cual se puede encontrar, como buena parte de su obra completa, en www.villamusica.es: desde el que retrata al tonto de la Feria de Abril, que también lo hay, hasta el dedicado a Luis Cernuda y su desbroce para jóvenes.

Sostiene Robles en este cáustico ejemplar que el progre se caracteriza por creer ser alguien con todo el derecho del mundo a despotricar de los demás, gracias a su autoridad moral superior, sin que puedan los otros censurar ni un ápice de su trayectoria, la que va de la pegatina al BOE o «de la penumbra del cine club al escaparate del poder». De forma irónica y no pocas veces satírica, Robles diferencia al progre del rojo –versión socialdemócrata o comunista– y mantiene que el primero es más fiel a la pana que al terciopelo, a la cazadora de ante que al traje cruzado, a la suela de goma que a la de cuero, al piercing que al pendiente, a las gafas redondas que a las cuadradas, al pañuelo palestino que al foulard. Por supuesto el progre prefiere el camping que el apartamento, un viaje solar a Perú que un fin de semana en Nueva York, el cojín alternativo que la almohada monda y lironda, el yoga que la siesta, el sushi que la paella y el taco mexicano que la hamburguesa yanqui. En función de las preferencias no escritas de la progresía puede dictaminarse sin margen de error que es más progre la comida vietnamita que la italiana y que también lo es comer con palillos antes que con tenedor y sentarse en un puf antes que en un mullido sillón. Esos mismos progres, claro, son de los que prefieren defender al delincuente que proteger a la víctima, acercar a los presos que compadecer a los familiares de los muertos y ofrecer siempre tratamiento psicológico al agresor en lugar del agredido. Convencidos de que es más progre insultar a un maestro que obedecerlo, esta subespecie retratada por Paco prefiere saltarse las normas a cumplirlas, no asistir a clase a ser puntual e igualar por abajo a seleccionar por arriba: así resulta que acaba siendo más progre que los tontos vayan a la universidad mientras los listos piden perdón por serlo, como también lo es un niñato antes que un alumno aplicado o un graffiti infinitamente antes que un diploma. Estoy seguro de que han dado ya con alguien de su entorno que cumple a la perfección con los anteriores requisitos. Vean cómo remata nuestro hombre: el progre siempre preferirá el haiku a la soleá, criticar a Cela que leerlo, el flamenco<


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