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1 de enero de 2006

La dichosita Nochevieja de todos los años


Con camisa negra de cuello volador, cintura estrecha y pata de elefante, debo decir que he ido hecho un pincel 

Recordarán mis más empedernidos seguidores –esos que apenas configuran mi familia y un par de acreedores– cómo el pasado año por estas fechas les relaté la orgía de fin de año que un grupo de amigos de toda la vida habíamos celebrado en la casa de uno de ellos vestidos con nuestras mejores galas de los años setenta y disfrutando del cochinillo de José María y de la banda sonora –que grabé pacientemente durante más de un mes– consistente en toda la leña que se bailaba por entonces en las discotecas de moda, bien emporios, bien cuchitriles. Convenientemente vestido de lo que quedaba del mayor de los Jackson Five salí de aquella hermosa mansión de Madrid intentando disimularlo al taxista la zorrera que llevaba en lo alto y disuadirle de la tentación de contarle a toda España en qué condiciones me había encontrado en una de las múltiples esquinas de la Castellana. Recuerdo, sí, una demoledora frase con la que me despachó al final de la carrera: «Valiente líder de opinión estamos hechos». Me prometí que el siguiente año el escenario debía estar más próximo a mi cama, ya que mi propensión al disfraz es fácilmente descriptible –o sea, ninguna– y la pereza casi bíblica que me produce salir de una casa y entrar en otra a eso de las seis de la mañana resulta insuperable. Con lo que este año me toca a mí. No sé si este suelto lo leerán el día dos o el tres o el mismo uno, lo que me hace dudar del tiempo que elegir para el relato, pero demos por hecho que ya ha pasado la Nochevieja del cigarrillo apagado gracias a la ley represora y fascistoide que han pergeñado nuestros mediocres políticos a sueldo: supongo que a las doce de la noche, después de las campanadas de un año nuevo con rima difícil, los que estaban fumando en salas, discotecas, restaurantes, casinos y demás habrán salido a la calle y habrán apagado sus colillas entre los adoquines. A lo que iba. La temática elegida ha sido Hollywood, lo que da de sí lo suficiente como para que cada uno encuentre con qué sorprender al resto: siempre se puede recurrir al clásico cowboy o al romano de serie y decir que viene uno de rodar en Almería o de invadir las Galias de la mano de Julio César. Tras no dudar ni un instante y recordar la máxima de Alfonso Ussía que proclama que el disfraz que uno lleve debe ser siempre aprovechable para la vida civil y debe poder ser reconvertido a los diez minutos de habérselo puesto, le pedí a Pepe Berenguer, sastre del carnaval de Cádiz y aguja que ha cosido en un par de meses los trajes de seis coros, dos chirigotas y cinco comparsas, que me confeccionara el traje con el que Travolta baila el clásico More than a Woman en su película cumbre, Fiebre del sábado noche. Blanco y radiante, con camisa negra de cuello volador, cintura estrecha y pata de elefante, chaleco de botón bajo y solapa provocadora, debo decir que he ido hecho un pincel. Subido en unos zuecos de plataforma incómoda, mi aspecto demoledor hubiese borrado del mapa al mismísimo Travolta en el caso de que el productor de la película hubiese dado conmigo en el momento de cerrar el casting: menuda planta, vaya plasticidad, qué manera de moverme al compás de la música soberbia que los Bee Gees compusieron como el que no quiere la cosa para la banda sonora…

A estas alturas estaremos recogiendo todavía los vasos de las esquinas del salón y barriendo las colillas de los cigarrillos fumados –en mi casa, aunque yo no fume, puede fumar todo el que quiera sin que nadie se ponga histérico–. Déjenme que me recupere y les pueda contar con detalle de qué iban los golfos de mis amigos y las santas de mis amigas. Veremos si el menú funcionó como pensaba y contaremos la botellería selecta descorchada en esas horas. C


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