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4 de diciembre de 2005

Frustrante selección


Mucho mirar al cielo, durante el himno, pero en el partido la furia brilla por su ausencia 

La selección española de fútbol se clasificó, por fin, para el Campeonato de Alemania. No sin sufrimiento. Treinta y dos años antes, como si lo estuviera viendo, no pudimos ir a aquella misma Alemania en la que maravillaron los holandeses de Rinus Michels a los que capitaneaba el mejor jugador de fútbol que uno ha visto en su vida, de nombre Johan –no llegué a tiempo a Di Stéfano–, y en el que figuraban unos melenudos soberbios, creativos y eléctricos que subían y bajaban por todo el campo con la inagotable elegancia que los hizo legendarios. El fútbol total. Me hice de Holanda aquel año y los he seguido siendo fiel durante muchos más, debo decir. En no estando España, los holandeses son mi patria futbolística. Lo siguieron siendo en Argentina después de que la España de Kubala no pudiese superar a Brasil y, en aquella ocasión, llegamos de nuevo a la final. Pero otra vez nos las teníamos que ver con los organizadores y, al igual que los alemanes, los argentinos nos pasaron por encima. Hubo de todo en aquella edición, lo sé –los miserables generales de la Junta Militar compraron lo que hubiera que comprar–, pero reconozcamos que la adorable Argentina de nuestros quereres tenía un equipazo definitivamente irrepetible: Kempes, Ardiles, Luque, Bertoni… Los holandeses contábamos con los hermanos Van de Kerkoff, pero no era lo mismo que los Rep, Kaiser, Neeskens de cuatro años antes. Nos ganaron y ya está. Ahora, la que dicen es la mejor generación de futbolistas de la historia de nuestro país –habría mucho que hablar de eso– vuelve a ser objeto de ese calenturiento e interesado juego de expectativas que se maneja los meses previos a un campeonato. Alguien tan sabio y experimentado como Roberto Gómez, el inolvidable reportero que dio la vuelta al Estadio Azteca mientras entrevistaba a un joven Valdano con la Copa del Mundo de México 86, que acababa de ganar –fue el único periodista del mundo y aún no sé cómo lo hizo–, me aseguraba que España puede ganar el próximo mundial. Ya estamos, le dije mientras saboreábamos las deliciosas setas que preparan en Paradís, restaurante madrileño vecino al Congreso de los Diputados. Que te aseguro que Luis Aragonés es un experto en torneos rápidos: sólo con que confíe un poco más en los jóvenes ya verás cómo son capaces de llegar a la final, me decía. Que no, Roberto, coño, que estos tíos no se lo creen, que en el fondo les da igual, que juegan sin acordarse de una legión de seguidores que aún no ha masticado una gran victoria, que a ellos les interesa su club y basta… Mucho mirar al cielo durante el himno, pero durante el partido la furia brilla por su ausencia.

España no fue capaz de ganar el año en que consiguió contar en sus filas con dos de los mejores jugadores que han pasado por el país –Di Stéfano y Kubala–; no fue capaz de hacer casi nada en el campeonato que se celebraba en nuestro propio país, donde un equipo tristísimo contagió a una afición desilusionada; ilusionó en México, pero se olvidó de marcar penaltis; se fue de Italia de aquella manera; se fue de EE.UU. después de un codazo; de Francia, después de un fiasco, y de Corea, después de un árbitro trincón. Ahora, después de haber ganado a un equipo de monjitas disfrazadas de futbolistas, ya están todos los medios insinuando que podemos ser los campeones del mundo, que no hay portero como Casillas, central como Puyol, creador como Xavi, delantero como Raúl… Ojalá me tenga que comer este artículo con setas de temporada, querido y admirado Roberto (ya puestos, mejor que con patatas), pero algo me dice que seremos, una vez más, la historia de una frustración. Detrás de una selección tiene que estar un país, y no sé si ésa es la realidad del momento. Si no s


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