17 de agosto de 2017
 
   
     
     
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20 de noviembre de 2005

Treinta años naciendo para correr


Pocos discos han significado tanto para una generación como ese puñado de canciones crueles pero sedantes 

No quiero pensar que fue hace 30 años. Pero fue hace 30 años. Jordi Beltrán, uno de los tipos más enteros y cultos en el planeta del rock y que con más elegancia y distanciamiento presentaba la mejor música del momento (no se podía tener más gusto), estrenó en la radio lo nuevo de aquel americano que ya llevaba un par de discos en el mercado, pero que en España habían interesado relativamente poco. Recordaba yo la serenata que le había dedicado a la ciudad de Nueva York como una obra sugerente y suburbana, pero no me hacía a la idea de la trascendencia que tenía la poesía decadente de un sujeto que me recordaba lo mejor de Dylan y lo mejor de la Credence. Acababa de llegar Born To Run y recuerdo cómo Beltrán, al que yo seguía al pie de la letra, dijo que ése era un disco del que se seguiría hablando después de 30 años. Y de qué manera tenía razón. Pocos discos han significado tanto para una generación como ese puñado de canciones ásperas pero dulcísimas, desencantadas pero ilusionantes, violentas pero pacíficas, crueles pero sedantes. Born To Run, efectivamente, cambió el curso del rock como lo cambió el Sargent Peppers, de los Beatles, la generación anterior.

Nacía una especie de mito próximo, rara avis de la música por entonces, que se ha mantenido hasta nuestros días y que hizo ya entonces que los chavales que aún no éramos veinteañeros tradujésemos sus letras y aprendiésemos inglés para saber qué decían aquellas palabras masticadas por las mandíbulas cansadas de Bruce Springsteen. «Una chica descalza sentada en la capota de un Dodge bebiendo cerveza caliente» era la visión que teníamos de aquella Carretera del trueno –Thunder Road– que abría el vinilo hoy gastado y casi perforado, pero que guardamos como el que atesora un incunable. Y el resto era como ir en suburbano. O planeando bajo por la Autopista Nueve, siempre en moto o en coches viejos molidos por el asfalto duro de los barrios canallas: «Estos dos carriles nos llevarán a alguna parte; tenemos una última oportunidad de hacerlo realidad». Cantos desesperados a la esperanza final, al paisaje industrial que deja pocas oportunidades a los amaneceres prodigiosos o la poesía visual de las malditas amapolas. Los vagabundos como nosotros, Bruce, hijos de un horizonte de fábricas ruinosas, nacimos para correr, decíamos, creíamos.

El sueño americano destrozado de aquellos que crecían bajo tierra, en el desengaño de los sueños rotos, se hacía posible en el saxo de un prodigioso Clarence Clemons o en el piano nervioso de Roy Bittan, en la E Street Band toda, en la voz rota de un muchacho de New Jersey que se peleaba con su padre porque sólo quería tocar la guitarra como Elvis antes que ser un mediocre estudiante de Derecho. 30 años. Y suena igual. Se lo pongo a mis hijos y, aunque están en otra onda, se electrizan con eso que dice «de día las pasamos negras por las calles de un fugitivo sueño americano», llantas de terciopelo, autopistas atascadas de héroes destrozados, corriendo hasta la última gota…

Esta ciudad es una trampa mortal, una llamada al suicidio, nena. Luego vino a España y nos cantó a los suyos algo que los suyos nos sabíamos como nuestro, como si lo hubiésemos soñado en noches espesas de humedad y alquitrán. Algunos ignorantes quieren pasar de espaldas por la celebración de un salto al vacío como fue este largo poema de desesperación. Hacen mal. El mundo debería apagar las treinta velas de su mejor espasmo vital y celebrar que seguimos vivos, que volvimos a nacer el día en que este canalla de Freehold escribió que «tenemos que salir de aquí mientras seamos jóvenes». 30 años después, todavía las chicas se peinan en los espejos retrovisores y los ch


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