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13 de noviembre de 2005

«Okupas» profesionales


La vida de este sujeto consistía en eso: ocupo, me blindo, espero y cobro  


Los recientes y escandalosos hechos acaecidos en el pequeño pueblo granadino de Jun han devuelto a primera plana la estupefaciente facilidad con la que los amigos de lo ajeno ejercen su afición en España. Después de que unos ciudadanos de etnia gitana –que es la forma políticamente correcta de llamar a los gitanos en nuestro país– entraran en un edificio con pisos vacíos ocupando los mismos y obligando a los moradores a que abandonaran los que estaban ocupados, hemos conocido algunos casos de okupas profesionales que nos han dejado, literalmente, en la perplejidad. Cuando escribo estas líneas, aún no está claro en qué queda lo de Jun y qué se esconde detrás de tantísima incompetencia colectiva, pero sí sabemos que ocupar por la fuerza una vivienda en España tiene unas sabrosísimas consecuencias para quien lo hace y unas funestas secuelas para quien lo sufre. Les cuento un caso: una joven pareja de novios de Parla, Madrid, compra un piso con vistas a compartirlo cuando llegue el día de su boda. Lo cuida, lo arregla y lo va poniendo poco a poco según sus posibilidades, que no son muchas, por cierto. Un buen día en el que el novio llega al inmueble, comprueba, con sorpresa, que alguien ha cambiado la cerradura de la puerta del piso. Sorprendido, llama al vecino y tiene que escuchar cómo éste le relata que un par de semanas atrás llegó un gitano con su mujer y sus tres churumbeles, forzó la puerta y colocó una nueva cerradura. Perplejo y lleno de ira, logra hablar con el hombre, el cual le argumenta que no tiene donde criar a sus hijos, que ese piso estaba vacío y que no le moleste más, que eso es un caso de ‘justicia social’. Va el joven a la comisaría de Policía a denunciar el allanamiento de morada, y el comisario le indica que tendrá que presentar la denuncia previa ante el juzgado de guardia de la localidad si quiere que ellos actúen en consecuencia.

Sorprendentemente, cuando llega al juzgado con la esperanza de que el juez dicte de inmediato la actuación de la Policía para restituir lo robado, se encuentra con que en las dependencias del mismo le espetan que «hay mucho trabajo acumulado y eso no es urgente». Total: dos años sin poder echar al usurpador de la casa. Lo intentó todo, incluso aprovechar una salida de la familia ocupante para cambiar, de nuevo, la cerradura, pero se encontró con que el sinvergüenza, de nuevo, volvió a entrar y, de nuevo, volvió a cambiar pestillos y cerrojos. Tuvo suerte, según la Policía: el propio ladrón de pisos podría haberle denunciado por allanamiento de morada. A él, que era el propietario. En el juzgado, al que acudía religiosamente cada semana, le decían que, además, habiendo un par de niños no se podía echar a nadie de esa casa y algún responsable de asuntos sociales, por otra parte, apoyaba al ocupante argumentando que «en alguna parte se han de meter». Todo muy surrealista. Harto de todo, nuestro hombre acabó negociando con el ocupante la entrega del piso que era suyo y que había sido, literalmente, ocupado por la fuerza. Le costó medio millón de pesetas. Al poco de haberle pagado el rescate, efectivamente, el estafador marchó con sus churumbeles se supone que a otro piso vacío en el que repetir la operación. Supo nuestro hombre que la vida de este sujeto consistía en eso: ocupo, me blindo, espero y cobro. Mientras tanto, la justicia tocando la flauta.

¿Qué confianza en el sistema puede tener un hombre al que le ocurre una cosa así? ¿Qué coño de justicia es esta que permite que los delincuentes acaparen derechos que asisten a los legítimos propietarios? Los ocupantes de Jun esgrimían el polémico artículo del borrador de la Ley del Suelo que prepara el Ministerio de la Vivienda escrito por un descerebrado y en el que justifica la actuación expropiatoria del Estado sobre los ‘pisos vacíos’. Pero es que el de Parla, como tantos otros, ni siquiera manejaba eso: esto es mío porque llego yo y basta. Y los poderes del Estado rascándose los pies. ¿Qué derechos tiene entonces la gente honrada?

En fin, que a veces da mucha pereza…

 


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