28 de julio de 2014
 
   
     
     
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El Semanal  13 de mayo de 2012

Carmen, en la bruma del tiempo


Me dicen quienes están cerca que Carmen está perdiendo la memoria
. Bueno, nunca fue un prodigio en la disciplina memorística. Carmen Sevilla está perdiendo otra cosa: su contacto permanente con la realidad. Quienes la queremos desde nuestra más leal sinceridad sentimos que entre en ese mundo brumoso en el que se pierde el contacto con el discernimiento. Quienes conviven con familiares en ese proceso pueden escribir relatos mucho más interesantes y documentados que el que podamos escribir cualquiera de los que cobramos por hacerlo. Ves difuminarse a quien ha podido ser hasta un volcán y no puedes hacer nada por evitarlo: se va encogiendo, borrando, desapareciendo. Y, ante tus ojos, lo que era todo se va transformando en nada.
 

Pude trabajar con Carmen durante un inolvidable año a cuenta de la biografía sobre su persona que me fue dictando tarde a tarde. Cuando llegaba a su casa de Rosales, tenía preparado el café con sacarina que ella sabía que me gustaba tomar. Yo accionaba la grabadora y nos pasábamos horas hablando. De Arruza, de Negrete, de Cantinflas, de De Sica, de Sinatra, de Heston, de Estrellita, de Algueró, de Patuel. Horas y horas que por alguna parte conservo, con sus chistes, con sus despistes, con sus ternuras. Se le iluminaba la cara recordando a su segundo marido, el que se le murió una tarde en el sofá de aquel comedor. Recordaba con aprecio al gran Augusto, padre de su hijo, de quien tanto llegó a estar enamorada y de quien no olvidaba todas las novias con las que se la pegaba. Contaba que su suegra le dijo un día mientras le mostraba la catedral de Barcelona: «Ves, hija, tú eres el altar mayor; las otras son solo las capillitas». Su abuelo Cecilio de Triana era una referencia del periodismo de Sevilla, satírico y pillín. Su padre, Antonio García Padilla Kola, escribió las letras con las que aquellas que empezaron a marcar su camino triunfaron en los escenarios de los años cuarenta. Su casa era trasiego de Mostazo, Quiroga, Rafael de León, menganos y zutanos del arte que enamoraba entonces a los españoles. No quiso que Carmencita fuera artista y Estrellita Castro hubo de asegurarle: «Mira, Antonio, si tu hija quiere ser un putón lo será, aunque la metas en un convento». Así empezó con las sevillanas y poco a poco... La mujer más bella de España. Tal vez del mundo. Su aire inocentón provocaba muchísimo a los hombres: «Yo he estado liada con media España sin haberme acostado con ninguno». Clasicona, pudorosa, divertida, inquieta, beatilla, la amó sin medida hasta Luis Mariano. Enseñó lo justo en el cine de destape y puso a todos al borde de la cardiopatía. Y en la televisión, a la que llegó en busca de liquidez para amortiguar el agujero de las ovejitas, escribió páginas de angelical despiste que la hicieron imbatible. Siempre juraba que la tarde que presento el ‘cuponcito’ en zapatillas de casa no había urdido ninguna trama: sencillamente se olvidó de calzarse.
 

Tres caniches ladraban como dragones cuando tocaba su timbre y seguían ladrando cuando me abrazaba como si no me hubiera visto en veinte años. Tardes hubo en las que no podía contener el llanto: su abuela Mercedes y su madre, amén de Patuel, las fuentes más habituales. En Sevilla, una tarde la llevé hasta la casa de la calle Feria en la que se crio: descubrió la puerta de su piso y aún estaba el Sagrado Corazón enclavado en la madera. Lo besó entre lágrimas. Desde la azotea, me enseñó la iglesia que recordaba haber visto arder cuando los previos de la guerra: Omnium Sanctorum. Y la academia de Realito en la que aprendió los primeros pasos del baile.
 

No me quiso contar muchas cosas por las que le pregunté. Me decía que eso se lo llevaba ella o lo dejaba para sus últimos días. Ahora, sabiendo que se diluye la memoria de Carmen, sé que ya no lo contará nunca. Tampoco pasa nada. De ella nos interesa por encima de todo su bondadosa y picarona sonrisa y la humanidad de su palabra y su gesto. Se acuerde o no de mí, le envío el beso de amor de rendido enamorado –yo también– de quien aún maneja memoria para recordar lo hablado. Tennos a todos en la dulce bruma de tus sueños.

 

Carmen Sevilla: Memorias

 

 


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